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Cómo conocí a vuestra abuela

Corría el año cuarenta y cuatro.  Como bien sabéis, vuestro bisabuelo, enterrado en algún lugar de Cataluña, murió en la guerra; yo apenas lo conocí cuando era pequeño. Como siempre digo, en la guerra no hay ganadores ni perdedores; sino muertos o supervivientes. Y mi padre, pese a luchar por el bando ganador, no sobrevivió a aquel sinsentido de lucha entre hermanos. Mi madre se vio obligada por tanto a volver a casa de sus padres en la ciudad de León, donde malvivíamos todos juntos. Toda España estaba igual, intentando coser una herida demasiado profunda y procurando a su vez no desangrarse en el intento. Llegó por aquel entonces a nuestra familia un tremendo hijo de puta al que yo debía llamar padre. Resulta que su exmujer lo había abandonado (y con razón) y mi madre vio en él una oportunidad para salir de aquel pozo de en el que se había sumergido nuestra familia y conseguir un futuro mejor para nosotros. Adolfo, médico de profesión, nos proporcionó un nuevo hogar en la mism...

El origen de las estrellas

S u hija se estaba muriendo, y no había forma de salvarla. Al menos, eso habían pronosticado los médicos de Taevas, su ciudad natal. Sin embargo, Patrick se negaba a darse por vencido. En los casos en que la medicina no funcionaba, los habitantes de Taevas acudían al monasterio de la ciudad, mas allí Patrick no encontró solución alguna, solo palabras de consuelo y oraciones para que Dios acogiera en su sino a la pequeña Layla. Desesperado, Patrick acudió aquella misma noche al barrio marginal de Taevas, donde las malas lenguas explicaban que vivía un chamán que conocía la antigua magia, capaz de obrar milagros y con un poder antaño inimaginable. Tras no pocas propinas, Patrick encontró la choza donde se alojaba el misterioso Chamán. “Entra, no tengas miedo. Toma asiento, ponte cómodo. Bien, cuéntame, ¿qué es lo que tanto deseas, aquello que tanto anhelas? ¿El amor de una doncella? ¿Un boleto premiado de lotería? ¿Deshacerte de una suegra demasiado longeva?   O quizás… ¿curar ...

El dibujo de una estrella

Era una agradable tarde de primavera, quizás el primer día en que el sol y el calor acompañaban después del duro invierno. Aprovechando la oportunidad que la naturaleza les brindaba, Maribel y su hija Ana habían salido a pasear por el bosque. Ana era una niña especial. Sufría una de las llamadas enfermedades minoritarias, que le impedía acceder a la memoria a largo plazo. Podía mantener un recuerdo durante unos pocos días, después de los cuales caía en el olvido. Ella no recordaba ya a su padre, quien había muerto de cáncer hacía unos años. Tan solo sabía de él por los álbumes de fotos que su madre le enseñaba de vez en cuando, intentando de esta forma que su hija supiera que, años atrás, aquel señor había sido su padre. Por las noches, Maribel le explicaba siempre la misma historia. Le contaba que había un ser maligno dentro de su cabeza que no dejaba que sus memorias pudieran descansar. Sin embargo, esos recuerdos, lejos de esfumarse, habían encontrado otro lugar en el que podían...

El Reencuentro

Iris y Eris eran dos planetas hermanos. Ambos giraban en torno a la misma estrella, pero Iris lo hacía el doble de rápido que Eris. Cada año eriano, las órbitas de ambos planetas se acercaban tanto que incluso llegaban a compartir las capas superiores de sus atmósferas. Esto permitía que, durante un periodo de unas dos semanas, se pudieran realizar viajes entre ambos planetas. Lo llamaban el Reencuentro. Era una época de festejos y de grandes eventos. Coincidiendo con el periodo vacacional, mucha gente aprovechaba para viajar y visitar los lugares más icónicos del planeta vecino. Otros, en cambio, se desplazaban por motivos laborales o familiares, y finalmente había unos pocos que lo hacían por amor. Ese último era el caso de Simón, un eriano que había conocido a Carlota hacía año y medio. Ella, que habitualmente trabajaba en las oficinas de Orbibús de Liria, la capital de Iris, había viajado a la sede en Eris para liderar el proyecto de un nuevo transbordador que prometía ampli...

El profeta Miguel

Nadie en el pueblo sabía de dónde venía. Apareció una mañana envuelto en unas mantas raídas junto a una nota donde rezaba “Miguel”. Una pareja de agricultores que nunca habían podido tener descendencia lo acogieron. Por aquel entonces, Miguel era solo un bebé huérfano, uno de los muchos que abandonaban por aquella zona en tiempos de hambruna. La época escolar fue dura para él, pues los otros niños lo tachaban de rarito. Miguel decía ser hijo de Dios. Y cuando sus compañeros le preguntaban “¿cómo lo sabes?, él simplemente respondía: “Me lo ha dicho Él”. Al llegar a los 15 años Miguel fue nombrado sacerdote en un pueblo que por aquel entonces carecía de párroco. Además, durante la semana hacía de interlocutor entre sus vecinos y el Altísimo. Para Miguel no era fácil desempeñar aquella labor. El pueblo estaba inundado por el pecado. Raro era el día que no se formaban colas en la iglesia de gente que requería el perdón de su Padre. —Buenas tardes, Miguel. Verás, ayer le robé ...

Las aventuras de Don Quijote el espía

—Buenos días. ¿Es usted el señor Quijote? —¿De la Mancha? El mismo. —Pues, si es tan amable, me echa una firmita y le entrego este paquete. Hago caso omiso de su mirada risueña y entro en mi “humilde” piso. Dentro del paquete hay un teléfono de esos capaces de romper paredes. Lo enciendo y llamo al único número que hay guardado. —Buenos días, señor Quijote —me dice una voz ronca—. Perdone que le interrumpa en sus vacaciones, pero ha surgido un asunto de vital importancia para el partido. —Déjeme adivinar. ¿Es por aquel tema en que el vicepresidente enchufó a su hermana, a su mujer, a su cuñado, al sobrino del cuñado y a la novia de este? —No, ese ya lo resolvimos. —¿Entonces han descubierto que aquel aeropuerto en medio de la nada solo sirvió para blanquear dinero? —De eso todavía no se han dado cuenta. Siguen creyendo que todo se debe a una mala planificación. —¿Las cuentas en Suiza? —Lo que pasa en Suiza se queda en Suiza. No, esta vez se tra...