El juego
Aquel día, como muchos otros, mis padres me despiertan temprano. Yo quiero seguir durmiendo, es domingo… Y sigo sin entender por qué ellos trabajaban los fines de semana, si nadie más lo hace. “Ya sabes que tu madre es panadera” me dice papá. “La gente también come pan los sábados y los domingos. Y los malos tampoco entienden de vacaciones” finaliza, aludiendo a su trabajo como policía. A mí siempre me ha hecho gracia que mi papá sea policía. Me lo imagino montado en su coche persiguiendo a gente mala vestida de negro y con la cara tapada. Pero, por otra parte, me da miedo que algún día esa gente lo atropelle otra vez, o le hagan algo peor… —Vístete, María, que tenemos que llevarte con el vecino. —¡Voy, mamá! Me levanto de la cama y me pongo el vestido que mis padres han dejado encima de la silla. Le doy un beso a Gordilui —mi unicornio de peluche— y voy al comedor a desayunar una taza de Cola-Cao. Ese día me lo ha preparado mamá porque tiene prisa, pero en realida...