El profeta Miguel
Nadie en el pueblo sabía de dónde venía. Apareció una mañana envuelto en unas mantas raídas junto a una nota donde rezaba “Miguel”. Una pareja de agricultores que nunca habían podido tener descendencia lo acogieron. Por aquel entonces, Miguel era solo un bebé huérfano, uno de los muchos que abandonaban por aquella zona en tiempos de hambruna. La época escolar fue dura para él, pues los otros niños lo tachaban de rarito. Miguel decía ser hijo de Dios. Y cuando sus compañeros le preguntaban “¿cómo lo sabes?, él simplemente respondía: “Me lo ha dicho Él”. Al llegar a los 15 años Miguel fue nombrado sacerdote en un pueblo que por aquel entonces carecía de párroco. Además, durante la semana hacía de interlocutor entre sus vecinos y el Altísimo. Para Miguel no era fácil desempeñar aquella labor. El pueblo estaba inundado por el pecado. Raro era el día que no se formaban colas en la iglesia de gente que requería el perdón de su Padre. —Buenas tardes, Miguel. Verás, ayer le robé ...