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Mostrando entradas de 2020

El dibujo de una estrella

Era una agradable tarde de primavera, quizás el primer día en que el sol y el calor acompañaban después del duro invierno. Aprovechando la oportunidad que la naturaleza les brindaba, Maribel y su hija Ana habían salido a pasear por el bosque. Ana era una niña especial. Sufría una de las llamadas enfermedades minoritarias, que le impedía acceder a la memoria a largo plazo. Podía mantener un recuerdo durante unos pocos días, después de los cuales caía en el olvido. Ella no recordaba ya a su padre, quien había muerto de cáncer hacía unos años. Tan solo sabía de él por los álbumes de fotos que su madre le enseñaba de vez en cuando, intentando de esta forma que su hija supiera que, años atrás, aquel señor había sido su padre. Por las noches, Maribel le explicaba siempre la misma historia. Le contaba que había un ser maligno dentro de su cabeza que no dejaba que sus memorias pudieran descansar. Sin embargo, esos recuerdos, lejos de esfumarse, habían encontrado otro lugar en el que podían...

El Reencuentro

Iris y Eris eran dos planetas hermanos. Ambos giraban en torno a la misma estrella, pero Iris lo hacía el doble de rápido que Eris. Cada año eriano, las órbitas de ambos planetas se acercaban tanto que incluso llegaban a compartir las capas superiores de sus atmósferas. Esto permitía que, durante un periodo de unas dos semanas, se pudieran realizar viajes entre ambos planetas. Lo llamaban el Reencuentro. Era una época de festejos y de grandes eventos. Coincidiendo con el periodo vacacional, mucha gente aprovechaba para viajar y visitar los lugares más icónicos del planeta vecino. Otros, en cambio, se desplazaban por motivos laborales o familiares, y finalmente había unos pocos que lo hacían por amor. Ese último era el caso de Simón, un eriano que había conocido a Carlota hacía año y medio. Ella, que habitualmente trabajaba en las oficinas de Orbibús de Liria, la capital de Iris, había viajado a la sede en Eris para liderar el proyecto de un nuevo transbordador que prometía ampli...

El profeta Miguel

Nadie en el pueblo sabía de dónde venía. Apareció una mañana envuelto en unas mantas raídas junto a una nota donde rezaba “Miguel”. Una pareja de agricultores que nunca habían podido tener descendencia lo acogieron. Por aquel entonces, Miguel era solo un bebé huérfano, uno de los muchos que abandonaban por aquella zona en tiempos de hambruna. La época escolar fue dura para él, pues los otros niños lo tachaban de rarito. Miguel decía ser hijo de Dios. Y cuando sus compañeros le preguntaban “¿cómo lo sabes?, él simplemente respondía: “Me lo ha dicho Él”. Al llegar a los 15 años Miguel fue nombrado sacerdote en un pueblo que por aquel entonces carecía de párroco. Además, durante la semana hacía de interlocutor entre sus vecinos y el Altísimo. Para Miguel no era fácil desempeñar aquella labor. El pueblo estaba inundado por el pecado. Raro era el día que no se formaban colas en la iglesia de gente que requería el perdón de su Padre. —Buenas tardes, Miguel. Verás, ayer le robé ...