La chica de la montaña
Soy consciente de que lo que les voy a contar a continuación no es fácil de creer, incluso puede que alguno me tome por loco. Pero les juro que es lo que ocurrió. Rondaba el año 99 y, mientras el mundo se sumía en el terror de un posible fallo informático a nivel global, yo me tomaba unas vacaciones indefinidas gracias a la herencia de un primo al que nunca llegué a conocer. Y lo mejor para un hombre cansado de la ajetreada vida de la urbe madrileña es un lugar tranquilo y remoto. No me costó demasiado encontrar el sitio perfecto. Un pueblo al borde de la extinción en los bellos parajes del pirineo aragonés. Un pueblo donde, a diferencia de Madrid, el cielo es azul todos los días del año y la niebla no es gris sino blanca. Un pueblo al que nadie va nunca básicamente porque no hay nada que hacer. Sus 4 vecinos aplaudieron mi llegada porque, según decían, traía ...