La chica de la montaña
Soy
consciente de que lo que les voy a contar a continuación no es fácil de creer,
incluso puede que alguno me tome por loco. Pero les juro que es lo que ocurrió.
Rondaba el año 99 y, mientras el
mundo se sumía en el terror de un posible fallo informático a nivel global, yo
me tomaba unas vacaciones indefinidas gracias a la herencia de un primo al que
nunca llegué a conocer. Y lo mejor para un hombre cansado de la ajetreada vida
de la urbe madrileña es un lugar tranquilo y remoto.
No me costó demasiado encontrar el sitio perfecto. Un pueblo al borde de la extinción en los bellos parajes del pirineo aragonés. Un pueblo donde, a diferencia de Madrid, el cielo es azul todos los días del año y la niebla no es gris sino blanca. Un pueblo al que nadie va nunca básicamente porque no hay nada que hacer.
Sus 4 vecinos aplaudieron mi llegada
porque, según decían, traía nuevos aires a aquel lugar, que ciertamente
apestaba a viejo y a muerte. El más joven de todos, José, era el propietario de
una tienda-bar que, al monopolizar el negocio, ponía unos precios más abusivos
que un matón de instituto. Los otros tres eran una pareja de jubilados y una anciana
centenaria, Manuela, que se dedicaba a esperar la llegada de la muerte junto a
su gato.
Con la llegada del invierno
comprendí por qué había tan pocos habitantes allí arriba. Salir a la calle era
una tarea complicada, ya que implicaba llevar 5 quilos de ropa de abrigo y una
pala para abrirse paso entre la nieve. Aun así, me gustaba salir cada día a dar
una vuelta por el bosque.
Fue en uno de esos paseos cuando la
vi por primera vez. Era una joven pálida y delgada, de no más de veinte años,
con una melena del color de los árboles y una belleza que haría pecar a
cualquier sacerdote.
En
un principio no advertí su presencia, pues su piel se confundía con la nieve y
la densa niebla nublaba mi visión. Pero al verla me quedé petrificado. ¡Estaba
desnuda en pleno invierno! Esta “aparición” me llevó a pensar que el frío
estaba causando estragos en mi cabeza y que debía volver a casa.
Pero,
me crean ustedes o no, al día siguiente volvía a estar allí. Una vez me hube
convencido a mí mismo de que no estaba enloqueciendo, y después de que se
moviera (por lo que no estaba congelada), mi reacción fue de absoluto terror.
Corrí desesperadamente hasta llegar al pueblo y le conté lo sucedido a los
vecinos y al gato de doña Manuela, el único que no me tomó por un loco (o no
supo cómo decírmelo).
Aquella
noche me costó conciliar el sueño. No me podía quitar esa aparición de la
cabeza. ¡Imaginen si les pasara a ustedes! Y en los breves espacios de tiempo
en los que conseguía conciliar el sueño, ella aparecía y me perseguía por la
montaña hasta que me despertaba sudando y con el corazón acelerado.
Fue
al tercer día cuando me propuse salir de casa y enfrentarme a aquel fantasma,
pues había llegado a la conclusión de que no podía ser otra cosa. Temblando de
miedo y de frío, abandoné mi refugio que tan gustosamente mi primo me había
pagado.
Al
llegar al sitio donde la había visto las otras ocasiones, ella me estaba
esperando. Fui a su encuentro y me dispuse a hablarle pero me hizo un gesto
para que callara y la siguiera. Embelesado por sus curvas, no dudé en hacerle
caso. Me guió por el bosque hasta una pequeña caseta, donde me quitó la ropa y
me hizo el amor.
Al
acabar, la seguí por el bosque para que me llevara de vuelta a casa, pero le
perdí la pista. La busqué hasta que el sol desapareció entre las montañas,
advirtiéndome de que era hora de regresar a casa.
Al
día siguiente encontré una nota en uno de mis múltiples abrigos. Decía “no me
busques, pues no me encontrarás”. Dejé la nota encima de la mesita de noche y,
haciendo caso omiso de la advertencia, volví al bosque. Pero ella no estaba.
Tampoco estaba la caseta donde tanto había disfrutado, ni siquiera las huellas
que habíamos dejado a nuestro paso.
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