Los habitantes de la noche
Son casi las dos de la madrugada cuando salimos del pub. Las calles del centro huelen a risa y ginebra, a fiesta y a lujuria. La juventud se agrupa entorno a los bares de copas, gritando cosas con menos sentido que el de la vida y escudándose en el alcohol para hacer cosas que de otra forma nunca se atreverían a hacer. Me dirijo hacia el paseo marítimo para coger el bus nocturno que debe llevarme a casa. La brisa sopla con fuerza y las olas rugen al romper en la playa. Unos pescadores están sentados en la arena, lanzando las cañas sin dejarse llevar por la desesperación y la certeza de que se irán a casa con las manos vacías. Me quedo mirando el agua. El sueño me acecha y el mar me tapa con sus mantas. Escucho el sonido de un motor a lo lejos, pero no me importa; ahora quiero descansar. Me despierto; sigue siendo de noche. Los pescadores han abandonado su labor y ya no se escuchan los gritos de guerra de la juventud. Tampoco parece que vayan a venir más autobuses. La ciuda...