Los habitantes de la noche
Son
casi las dos de la madrugada cuando salimos del pub. Las calles del centro huelen
a risa y ginebra, a fiesta y a lujuria. La juventud se agrupa entorno a los bares
de copas, gritando cosas con menos sentido que el de la vida y escudándose en
el alcohol para hacer cosas que de otra forma nunca se atreverían a hacer.
Me
dirijo hacia el paseo marítimo para coger el bus nocturno que debe llevarme a
casa. La brisa sopla con fuerza y las olas rugen al romper en la playa. Unos
pescadores están sentados en la arena, lanzando las cañas sin dejarse llevar
por la desesperación y la certeza de que se irán a casa con las manos vacías.
Me
quedo mirando el agua. El sueño me acecha y el mar me tapa con sus mantas.
Escucho el sonido de un motor a lo lejos, pero no me importa; ahora quiero
descansar.
Me
despierto; sigue siendo de noche. Los pescadores han abandonado su labor y ya
no se escuchan los gritos de guerra de la juventud. Tampoco parece que vayan a
venir más autobuses. La ciudad parece solitaria, pero no lo está.
Siento
una presencia a mi alrededor, pero no veo nada. Empiezo a asustarme. Me levanto
y camino en dirección al laberinto de calles que es el centro. Es extraño, ya
que los callejones parecen haber cambiado de lugar. Tengo la sensación de estar
dando vueltas pero nunca acabo en la misma calle; siempre es diferente. El
laberinto me ha atrapado.
Vuelvo
a sentir esa extraña presencia, pero esta vez ellos están más cerca. Tengo la
sensación de que me esperan a la vuelta de cada esquina, pero cuando giro
siempre se esconden. La desesperación amenaza con apoderarse de mí, pero me
enfrento a ella y sigo avanzando.
Llego
a una pequeña plaza; supongo que es el centro del laberinto. En la pared
derecha hay un cartel que reza: “Plaza de los habitantes de la noche, donde se
recuerda a quienes ya no son recordados”. En el centro de la plaza descansa una
fuente. Me acerco a contemplarla y me doy cuenta de que el agua es negra. Algo
se mueve en el fondo, como si estuviera esperando el momento adecuado para
atacarme. Prefiero no ofrecerle tal oportunidad y me alejo. A mi izquierda se
alza una iglesia construida con grandes bloques de piedra. Un murmullo parece
escabullirse por su puerta de madera, carcomida por el paso del tiempo y de la
lluvia. Me acerco a escuchar, pero apenas puedo distinguir un par de palabras
antes de que las voces se apaguen. Parecen haber advertido mi presencia, al
igual que yo ahora puedo advertir la suya encaminándose hacia la salida. Salgo
corriendo de la plaza antes de que me descubran y vuelvo a perderme por los
callejones.
Unos
minutos más tarde me detengo, exhausto. Es entonces cuando advierto algo más
que una presencia o un murmullo: estoy seguro de haber visto una sombra. No sé
por qué, pero decido seguirla. Al final de la calle giro a la derecha justo a
tiempo para verla desaparecer otra vez. La sigo durante lo que me parecen horas
hasta que por fin llego a la salida del laberinto.
Vuelvo
a reconocer las calles por donde camino y pongo rumbo a casa. A medida que
avanzo los edificios van ganando altura, y las gárgolas que antes me observaban
dejan paso a paredes lisas sin apenas ornamentación. Pero no dejo de sentir esa
incómoda presencia.
Doy
un rodeo y me meto por algunas calles secundarias, pero no consigo despistarla.
La misma sombra que antes me ayudó, ahora me persigue. Pero si algo he
aprendido en todos estos años es que si hay una sombra es porque hay una luz, así
que me meto por un callejón en el que la iluminación artificial parece no haber
llegado aún.
La
oscuridad de la callejuela se mezcla con el firmamento. La luna brilla por su
ausencia. Avanzo junto a la pared para guiarme a través de la negrura, pero tropiezo
con un bordillo y caigo. Estoy en el suelo recuperándome del golpe cuando lo
oigo. Un murmullo al final del callejón, un sonido de pasos acercándose
rápidamente. La oscuridad los ampara, los edificios los esconden; la ciudad les
pertenece.
Cada
vez están más cerca, lo noto, pero no me atrevo a mirar atrás. Corro por la
ciudad empujado por el miedo y la desesperación. No reconozco las calles;
tampoco me suena el barrio. No sé adónde voy; ni siquiera dónde estoy. Soy un
extraño a quien nadie extraña. Soy como ellos, un alma perdida buscando salvarse.
Soy un habitante de la noche.
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