El ángel
Era un ángel. De eso estaba seguro. Era esa piel blanca como la nieve del invierno y suave como la brisa de verano. Esa piel frágil como una copa de cristal al borde de la mesa. Esa piel lisa como madera recién pulida. Pero no era solo su piel lo que le hacía creer eso. Eran sus ojos azules. No de un azul clarito y verdoso, como suele ser habitual en las chicas rubias que todo el mundo desea. Eran del color del mar, un azul oscuro y penetrante, que se tragaba los rayos de sol y los sumía en las profundidades de ese océano, en el que un diminuto punto negro flotaba a la deriva. Era también su boca, pequeñita, con esos finos labios que tanto anhelaba besar. Unos labios que susurraban secretos cada vez que se movían, secretos de tiempos antiguos y lugares lejanos, secretos de civilizaciones desaparecidas, grandes guerras, vencedores y vencidos; secretos de amores y secretos de engaños, secretos de otros mundos, de estrellas y planetas. Se los susurraba al viento, para que se...