La sombra
Era
una calurosa tarde de verano. Una ola de calor acechaba el continente; la
piscina estaba cerrada por la sequía y el aire acondicionado de su casa,
estropeado.
Era
la hora de la siesta. Su esposa, como cada tarde, dormía profundamente. Se
podía escuchar a la legua. Él, en cambio, aprovechaba ese breve espacio de
tiempo para encontrarse con su actriz porno favorita y pasar un buen rato con
ella. Se excitaba solo de pensar en cómo le sorprendería en el siguiente vídeo.
Aquella tarde le tenía preparado un sadomasoquismo lésbico de aquellos que
tanto le gustaban.
De
repente, escuchó que su mujer le gritaba. Odiaba cuando le cortaban el rollo. Se
tomó su tiempo para borrar el historial y recoger el papel de váter antes de
bajar a hacer lo que ella le fuese a ordenar. Siempre estaba mandándole realizar
todo tipo de tareas. Ella solo cocinaba, mientras que él hacía todo lo de la
casa, y encima era el que ganaba el sueldo en la familia y, por el contrario,
el que menos pisaba el hogar.
Bueno,
eso último no lo sabía seguro. Sospechaba que algunas noches ella se escapaba
entre las sombras para encontrarse con un joven que, según contaban las malas
lenguas, sabía usar la suya propia para hacer sentir a las mujeres cosas que
ningún otro hombre podía.
Tan
solo eran sospechas. La verdad es que nunca había visto al chaval ese por el
pequeño pueblo; ni él ni nadie. Unos decían que era un forastero que venía en
coche, pero nunca escucharon nada. Otros decían que era el mismísimo diablo que
venía a hacer cometer un pecado capital a las mujeres casadas. Las vecinas ancianas
decían que sólo era una invención del marqués
como excusa para poder divorciarse de su esposa. Pero nadie sabía nada a
ciencia cierta de aquel chico.
Sin
embargo, ¿qué otra cosa podía explicar las inexplicables desapariciones de su
mujer a altas horas de la madrugada? Salía de casa cuando le creía dormido y
volvía poco antes del amanecer. Él, por el bien del matrimonio, nunca habló con
ella de eso, quizás también porque no se atrevía; porque era demasiado débil. Y
ella tampoco habló con él.
Llegó
al salón, donde estaba su mujer, estirada en el sofá, como cada tarde. Pero
esta vez había algo diferente en la escena: un cuchillo clavado en su cara. No,
no podía ser… Ella… asesinada en su propia casa…
Vio
al agresor a tiempo para ver cómo se metía en la cocina. Fue solo un momento,
una negra mancha en su mirada borrosa por el llanto, una sombra. Corrió tras
él, cogiendo un cuchillo del cajón de los cubiertos. Subió las escaleras y lo
vio meterse en su habitación. No tenía escapatoria; si se quedaba, lo mataría;
y si saltaba, seguramente moriría, o con suerte solo se rompería una pierna; pero
no podría huir. De una forma u otra acabaría con él, juró.
Entró
en la habitación.
El
sol se colaba por la ventana, cegándolo por un instante. Cuando recuperó la
visión, no había nadie. Se dirigió a la ventana. Cerrada. Se giró. Y la vio.
Vio
su sombra en la pared de enfrente, riéndose de él. Se quedó sin fuerzas, cayó
al suelo de rodillas y dejó caer el cuchillo. Un cuchillo que, al igual que sus
manos, estaba manchado de la sangre de su esposa. Y, como había jurado, mató al
asesino.
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