El ángel
Era un ángel. De eso estaba seguro. Era esa piel
blanca como la nieve del invierno y suave como la brisa de verano. Esa piel
frágil como una copa de cristal al borde de la mesa. Esa piel lisa como madera
recién pulida. Pero no era solo su piel lo que le hacía creer eso.
Eran sus ojos azules. No de un azul clarito y
verdoso, como suele ser habitual en las chicas rubias que todo el mundo desea.
Eran del color del mar, un azul oscuro y penetrante, que se tragaba los rayos
de sol y los sumía en las profundidades de ese océano, en el que un diminuto
punto negro flotaba a la deriva.
Era también su boca, pequeñita, con esos finos
labios que tanto anhelaba besar. Unos labios que susurraban secretos cada vez
que se movían, secretos de tiempos antiguos y lugares lejanos, secretos de
civilizaciones desaparecidas, grandes guerras, vencedores y vencidos; secretos
de amores y secretos de engaños, secretos de otros mundos, de estrellas y
planetas. Se los susurraba al viento,
para que se los llevara y los guardara en las nubes, donde solo los ángeles pueden
llegar.
Era su pelo, que le caía por la espalda como una
cascada de olas de color castaño oscuro. Un pelo que fascinaba a todos los que
acudían a contemplar su belleza. Un cabello cuyos rizos, que se formaban al
final de la espalda, parecían la espuma que deja el agua a su paso por el
salto.
Era su cuerpo, esculpido por el mismísimo
Miguel Ángel en un bloque de mármol puro. Un cuerpo fino y delgado, pero
consistente. Un cuerpo alto y esbelto, medido a la perfección y tallado al
milímetro. Más que un cuerpo, era una obra de arte robada de las
galerías de algún museo italiano.
Era su forma de ser, que maravillaba a todo el
que tenía la fortuna de hablar con ella. Era dulce, cariñosa, amable con el
grosero, agradable con el rudo, empática con el egocéntrico, generosa con el egoísta
y honesta con el mezquino, y transmitía tal confianza que se confundía con un
amigo de la infancia.
Pero lo que le hacía estar seguro de que era
tal criatura eran sus dos grandes alas de plumas blancas que desplegaba cada
noche para volar hasta su casa y hacerle sentir como si estuviera en el cielo.
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