El dibujo de una estrella

Era una agradable tarde de primavera, quizás el primer día en que el sol y el calor acompañaban después del duro invierno. Aprovechando la oportunidad que la naturaleza les brindaba, Maribel y su hija Ana habían salido a pasear por el bosque.

Ana era una niña especial. Sufría una de las llamadas enfermedades minoritarias, que le impedía acceder a la memoria a largo plazo. Podía mantener un recuerdo durante unos pocos días, después de los cuales caía en el olvido. Ella no recordaba ya a su padre, quien había muerto de cáncer hacía unos años. Tan solo sabía de él por los álbumes de fotos que su madre le enseñaba de vez en cuando, intentando de esta forma que su hija supiera que, años atrás, aquel señor había sido su padre.

Por las noches, Maribel le explicaba siempre la misma historia. Le contaba que había un ser maligno dentro de su cabeza que no dejaba que sus memorias pudieran descansar. Sin embargo, esos recuerdos, lejos de esfumarse, habían encontrado otro lugar en el que podían permanecer para siempre: el cielo. Y, por las noches, si alzaba su mirada, podía verlos brillar. “¿Y si algún día te vas y no te recuerdo?”, le preguntaba Ana a su madre. Entonces Maribel cogía un rotulador y le dibujaba una estrella en su antebrazo. “Ahí me encontrarás”.

Pero el dibujo, al igual que sus recuerdos, desaparecía a los pocos días.

 

Aquella tarde habían ido al río. Ana había insistido en bañarse, pero su madre se lo había desaconsejado, alegando que podía resfriarse. Cuando, a lo lejos, unos truenos retumbaron por el valle, Maribel decidió que era hora de marcharse. Cogieron un camino que atravesaba el bosque para poder llegar a casa cuanto antes.

La lluvia ya las había alcanzado cuando Ana escuchó el aullido de un lobo. “Mamá, tengo miedo”. Maribel aceleró el paso, manteniéndose serena y evitando que su propio temor se reflejara en su cara. De repente, una manada de lobos apareció a lo lejos, gruñendo bajo una tormenta que amenazaba con arreciar. Ana gritó aterrorizada y se escabulló entre los árboles, huyendo de los animales, justo antes de que el coche del guarda forestal asomara por el camino y los ahuyentara.

—¿Está bien, señora?

—Sí, pero… ¿Dónde está mi hija? ¿Ana? ¡Ana!

Pero la única respuesta que obtuvo fue el eco de aquel grito desesperado.


Ana corría sin rumbo, perdida y asustada. Cayó la noche y, la pequeña, resignada, se tumbó bajo el abrigo de unos árboles. Mojada y temblorosa por el frío, miró al cielo en busca de algún recuerdo que pudiera ayudarla a volver a casa. Pero la tormenta nublaba sus recuerdos, y la estrella de su antebrazo se desvanecía con la lluvia.


Maribel la buscó durante toda la noche, acompañada por el guarda y por una patrulla de policía. Se trataba de una carrera contrarreloj, pues en unos días Ana ni siquiera sería capaz de reconocer su casa aunque la tuviera enfrente.

Pero el tiempo pasaba impasible y Ana parecía haberse esfumado, como si de uno de sus efímeros recuerdos se tratara. Maribel no perdía la esperanza de encontrarla con vida, aunque su peculiaridad hacía de la pequeña alguien extremadamente vulnerable. Y, aunque consiguiera encontrarla, Ana seguramente no la recordaría.

Por las noches, Maribel salía al balcón de su casa; miraba al cielo y pedía a las estrellas que guiaran a la pequeña de vuelta a casa.

 

 

El día de su jubilación, Maribel acudió al trabajo a despedirse de sus compañeros y a darles las gracias por todos los años que habían pasado juntos. Estos la esperaban con un bizcocho de chocolate y una botella de champán. Durante la fiesta, recibió una llamada de su vecina que le urgía: “Maribel, acabo volver de hacer la compra en la ciudad, y creo que he visto a tu hija. Bueno, sé que hace muchos años que desapareció, y quizás no sea ella, pero la cajera que me ha atendido me ha recordado mucho a ti de joven, cuando te mudaste al pueblo. ¡Tienes que ir a verla!”

 

Maribel entró en la tienda y compró una botella de agua con tal de tener una excusa para ver a su hija; después esperó en la fila de la caja hasta que llegó su turno. Al mirarla, la reconoció al instante, pues aquellos ojos eran el reflejo de los suyos. Su hija le preguntó:

—¿Va a querer una bolsa?

Ana no la recordaba. A Maribel se le cayó el alma a los pies. Y, aunque en el fondo lo sabía, había albergado la esperanza de que, en algún lugar de su corazón, Ana guardaría su recuerdo.

Maribel encaraba la puerta, sollozando, cuando su hija la llamó.

—¡Espere, señora! Se olvida el monedero.

Ana se lo entregó. Pero Maribel no se lo cogió. Se había quedado petrificada, pues había visto en el antebrazo de la joven el tatuaje de una estrella. 

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