El Reencuentro

Iris y Eris eran dos planetas hermanos. Ambos giraban en torno a la misma estrella, pero Iris lo hacía el doble de rápido que Eris. Cada año eriano, las órbitas de ambos planetas se acercaban tanto que incluso llegaban a compartir las capas superiores de sus atmósferas. Esto permitía que, durante un periodo de unas dos semanas, se pudieran realizar viajes entre ambos planetas.

Lo llamaban el Reencuentro. Era una época de festejos y de grandes eventos. Coincidiendo con el periodo vacacional, mucha gente aprovechaba para viajar y visitar los lugares más icónicos del planeta vecino. Otros, en cambio, se desplazaban por motivos laborales o familiares, y finalmente había unos pocos que lo hacían por amor. Ese último era el caso de Simón, un eriano que había conocido a Carlota hacía año y medio. Ella, que habitualmente trabajaba en las oficinas de Orbibús de Liria, la capital de Iris, había viajado a la sede en Eris para liderar el proyecto de un nuevo transbordador que prometía ampliar el periodo de comunicación entre ambos planetas en cuatro días.

Pero, una vez la fase de diseño hubo acabado, Carlota volvió a Iris, ya que la producción de los modelos de prueba se había trasladado allí debido a un menor coste de la mano de obra. Se podría decir que Iris era el hermano humilde de Eris, ya que el desarrollo industrial y tecnológico no llegó a este planeta hasta el año 5.699, cuando fue conquistado por los erianos.

Desde la partida de Carlota, Simón no había vuelto a ser el mismo. Le costaba conciliar el sueño y, cuando lo hacía, las pesadillas se adueñaban de su subconsciente. Y aunque se enviaban correos a diario, su ausencia le provocaba un dolor casi físico. Hasta que, una mañana, después de leer una de sus cartas electrónicas, decidió que se iría a vivir a Iris con ella.


—Adiós, mamá ­­­­—le dijo Simón a su madre—. Voy a echarte mucho de menos.

—Y yo a ti, hijo mío. ¿Volveremos a vernos algún día?

—Por supuesto que sí —respondió Simón mientras cruzaba el control de seguridad del puerto orbital.

Pese a que su trabajo consistía en diseñar transbordadores (o precisamente por eso), Simón estaba nervioso, ya que nunca había montado en uno de esos vehículos. Se sentó en su asiento junto a la ventana, se ajustó el arnés y se agarró fuertemente a los reposabrazos. El transbordador emprendió el vuelo con una fuerte aceleración y empezó a vibrar de forma vigorosa. Simón cerró los ojos, pensando en todos los elementos de seguridad que estas naves incorporaban y en los pocos accidentes que habían sufrido en los últimos años. A medio camino se atrevió a entreabrir los ojos y miró por la ventana: desde allí se apreciaba la curvatura de ambos planetas, así como su inmensidad. Los grandes océanos de Eris contrastaban con los desiertos de Iris; era como si el hermano mayor se hubiera quedado con los recursos del pequeño.

A la salida del puerto orbital, Carlota le esperaba con una gran pancarta que rezaba “BIENVENIDO A CASA, QUERIDO ERIANO”. Simón corrió a abrazarla y se fundieron en un beso.

Simón dedicó los días siguientes a temas burocráticos. Ahora era un ciudadano de Iris y, como tal, debía registrarse en los diferentes organismos irianos. También se pasó por las oficinas de Orbibús, donde trabajaría con Carlota en las pruebas del nuevo transbordador.

A Simón le encantaba Liria. Era una ciudad llena de contrastes;  y la mejor manera de comprobarlo era montando en uno de sus muchos autobuses de épocas pasadas. Circulando por las bacheadas calles, podías cruzarte con uno de los nuevos tranvías, símbolo de la modernización de Iris. Al acceder a las nuevas autopistas que parecían sobrevolar la urbe, observabas una ciudad formada por viviendas y edificios antiguos, de los cuales emergían grandes rascacielos modernos. En el distrito financiero, los monorraíles se introducían en el corazón de los edificios, mientras que a los barrios más pobres apenas se acercaba el transporte público. Y mientras que por el día la ciudad presentaba un ruidoso bullicio, al caer la noche la falta de luz volvía el ambiente lúgubre y misterioso.


Los meses pasaron, y Simón no podía estar más satisfecho de la decisión que había tomado. La vida le sonreía. En el trabajo, había congeniado de maravilla con sus nuevos compañeros. Además, el proyecto avanzaba viento en popa, y ya preparaban un lanzamiento de prueba para el próximo Reencuentro. Por las tardes, al salir del trabajo, le gustaba perderse por la ciudad, descubriendo cada día nuevos rincones. Y respecto a Carlota… se podría decir que habían nacido para estar el uno con el otro, y ya habían fijado una fecha para su boda al año siguiente. Incluso sus suegros, con quienes comían los domingos, habían empezado a aceptar que ella se fuera a casar con un eriano.

Pero una noche, informaron en las noticias acerca de unas polémicas declaraciones del presidente de Eris: “Sin nosotros, los irianos seguirían siendo unos bárbaros. Gracias a la colonización les inculcamos un nuevo lenguaje, una nueva civilización, y les abrimos las puertas de la tecnología y del progreso. Todo lo que han llegado a ser nos lo deben a nosotros.” En la noticia, se explicaba también que dicho presidente ya había pedido perdón, y decía que sus palabras se habían sacado de contexto.

Pero sus disculpas no impidieron que en Iris se desatara una oleada de protestas en su contra. Al principio se trataba de manifestaciones pacíficas pidiendo su dimisión, pero con el paso de los días el movimiento se fue radicalizando, dando lugar a alborotos y ataques racistas contra erianos que vivían en Iris. Se volvieron frecuentes los insultos y los empujones en el transporte público, y el desprecio se apoderó de la ciudad.

Simón dejó de dar sus habituales paseos al atardecer, pues al caer la noche la ciudad se tornaba insegura para los de su planeta. Además, todos los avances que había conseguido en la relación con los padres de Carlota se fueron al traste. Aquel domingo, durante la comida, el silencio se adueñó de la sala, tan solo frustrado por algún comentario ocasional sobre el tiempo o acerca de lo buena que estaba la comida.

A la mañana siguiente, Liria despertó con una terrible noticia: un conocido periodista eriano había sido encontrado apuñalado a dos manzanas de su casa. La investigación apuntaba a un conocido grupo radical que había emergido a raíz del movimiento de las últimas semanas. Según un testigo, el atacante llevaba un pañuelo negro atado al cuello, símbolo de la organización.

Los erianos que residían en Iris convocaron una gran concentración exigiendo fin al racismo, así como una respuesta contundente por parte de las autoridades. Simón acudió junto a Carlota, y juntos marcharon en dirección a la Plaza de la Concordia. Repentinamente, Simón y Carlota escucharon un grito desgarrador unos metros por detrás. Se giraron para ver qué había sucedido, y entonces los vieron. Un grupo de encapuchados con pañuelos negros atados al cuello irrumpía en la protesta. La gente echó a correr despavorida, sin saber adónde ir, pues los radicales parecían venir de todas las calles. La policía intentó poner orden a tanto caos, pero se vieron desbordados por la cantidad de atacantes que emergían.

Simón cogió a Carlota de la mano y juntos corrieron hacia adelante, donde un cordón policial protegía a los manifestantes que conseguían cruzarlo. A unos metros de alcanzarlo, Simón notó que Carlota tropezaba y caía al suelo. Se giró justo para ver cómo un joven soltaba su puñal, ahora clavado en el pecho de su prometida. Varios agentes corrieron a auxiliarla, pero ya era demasiado tarde. Simón le extrajo con cuidado el cuchillo, acercó la cabeza a su pecho y, al compás de su llanto, escuchó como el melódico ritmo del corazón de Carlota llegaba a su fin.


Simón se trasladó a casa de Jaime, uno de sus compañeros de trabajo, que lo acogió durante una temporada, hasta que pudiera volver a Eris en el próximo Reencuentro. Después del funeral, los padres de Carlota le habían pedido que dejara su casa, y le había resultado imposible alquilar un piso en Liria. Había contactado con varias agencias, pero todas le negaban el acceso a la vivienda con excusas inverosímiles cuando les informaba de su procedencia.

Se pasó dos semanas encerrado en su habitación, intentando averiguar por qué los dioses lo habían castigado de aquella forma. El amor que una vez había sentido por aquella ciudad se había esfumado, dando paso a un rencor melancólico. Ahora solo pensaba en volver a Eris, en regresar con su familia y sus amigos de toda la vida, en huir de un lugar en el que ahora todos lo odiaban por no haber nacido allí.

Pero los planes de Simón se vieron truncados por un grave contratiempo: no quedaban plazas en ningún vuelo orbital. La mayoría de erianos que vivían en Iris, al igual que él, querían salir de allí, y ni siquiera los viajes de lujo albergaban plazas libres. A Simón le daba reparo decírselo a Jaime, pues él ya había hecho un gran esfuerzo acogiéndolo unos meses. Pero la situación en Liria se hacía cada vez más insoportable, y Simón incluso se había visto obligado a prescindir del transporte público y empezó a desplazarse en taxi para ir al trabajo.

Pero el Reencuentro se acercaba y finalmente Simón tuvo que explicarle la verdad:

—Jaime, tengo que contarte algo. No he conseguido comprar ningún billete para regresar a Eris. Ya no sé qué más puedo hacer. He ido en varias ocasiones a las taquillas del puerto orbital, he buscado viajes cada tarde en Skynet e incluso los he intentado adquirir en el mercado negro. Sé que ya me has hecho un gran favor dejando que me quede en tu casa estos meses, pero ahora mismo estoy desesperado.

—¿Has pensado en ofrecerte voluntario para el viaje de prueba del nuevo transbordador? —le preguntó Jaime.

—Ni siquiera me lo había planteado —respondió Simón con sinceridad.

—Pues eres el candidato ideal. Tú has participado en el diseño de la nave, sabes cómo funcionan todos los sistemas e incluso has ayudado en la realización de las pruebas previas. Estoy seguro de que, si solicitas el puesto, aceptarán tu candidatura.

—Pero ya sabes el miedo que me da montar en uno de esos vehículos. De no haber sido por Carlota, seguramente nunca hubiera viajado a Iris para no tener que subirme a un transbordador. Solo de pensarlo me pongo nervioso.

—Pues no lo hagas por ti. Hazlo por tus padres. Por tus amigos. Hazlo por Carlota. Ayuda a que el proyecto en el que habéis trabajado juntos sea un éxito. Vuelve a casa, Simón. Ya has sufrido demasiado en Iris.


Simón llegó al puerto orbital de Liria de madrugada. Estaba casi desierto, pues los primeros viajes del Reencuentro no saldrían hasta dentro de un par de días. Allí lo esperaban algunos de sus compañeros, ultimando los preparativos del lanzamiento. Se despidió de todos ellos, agradeciéndoles el tiempo que habían compartido juntos. En la puerta de embarque, le sellaron el pasaporte. “Que tenga un buen viaje, señor”. Los nervios crecían a medida que se acercaba a la puerta de la nave; sentía que el corazón le podía estallar en cualquier momento. Por un momento tuvo dudas, y se planteó qué pasaría si dijera que no podía hacerlo. Seguramente lo despedirían, Jaime le pediría que se fuera de su casa y se vería en la calle y sin dinero en un planeta que lo odiaba. Definitivamente, prefería pasar un mal rato.


La nave se adentraba ya en la atmósfera de Eris. Simón creía incluso poder oler el mar, un recuerdo que se le antojaba ya lejano. El protocolo para la reentrada se inició, y Simón se ajustó el arnés. De repente, algo falló, y varias luces empezaron a parpadear a la vez que una alarma hacía acto de presencia. Simón preguntó por la radio acerca del problema, intentando mantener la calma. La respuesta que le dieron fue que se trataba de un simulacro, y que en lugar de aterrizar en el puerto orbital lo tendría que hacer en el mar. Los paracaídas de emergencia se desplegaron, y Simón notó una fuerte sacudida debido a la frenada. Pero, lejos de apagarse, las luces seguían parpadeando, e incluso Simón habría jurado que se habían iluminado nuevos avisos. Volvió a preguntar si eso era normal, y esta vez le contestaron que uno de los paracaídas no se había conseguido desplegar.

La nave se acercaba al mar, inmenso e implacable, lenta pero aun así demasiado rápida. Pese a que los paracaídas que sí funcionaban correctamente habían reducido considerablemente la velocidad de la nave, el impacto iba a ser importante. Simón pidió a los dioses que lo ayudaran a salir con vida mientras miraba al manto azul que se acercaba impasible y…

Despertó en una habitación blanca. No aparentaba ser un hospital. Tampoco le dolía nada, ni parecía tener roto ningún hueso. Gritó preguntando si había alguien fuera de la sala, sin obtener respuesta alguna.  Pero, lo que más le extrañaba era la pancarta que se hallaba colgada enfrente de su cama y que rezaba “BIENVENIDO A CASA, QUERIDO ERIANO”.

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