El profeta Miguel


Nadie en el pueblo sabía de dónde venía. Apareció una mañana envuelto en unas mantas raídas junto a una nota donde rezaba “Miguel”. Una pareja de agricultores que nunca habían podido tener descendencia lo acogieron. Por aquel entonces, Miguel era solo un bebé huérfano, uno de los muchos que abandonaban por aquella zona en tiempos de hambruna.

La época escolar fue dura para él, pues los otros niños lo tachaban de rarito. Miguel decía ser hijo de Dios. Y cuando sus compañeros le preguntaban “¿cómo lo sabes?, él simplemente respondía: “Me lo ha dicho Él”.

Al llegar a los 15 años Miguel fue nombrado sacerdote en un pueblo que por aquel entonces carecía de párroco. Además, durante la semana hacía de interlocutor entre sus vecinos y el Altísimo. Para Miguel no era fácil desempeñar aquella labor. El pueblo estaba inundado por el pecado. Raro era el día que no se formaban colas en la iglesia de gente que requería el perdón de su Padre.

—Buenas tardes, Miguel. Verás, ayer le robé dos corderos a Juan.

—¿Y por qué hiciste eso, Andrés?

—Por necesidad, lo juro… Le he traído una pata como ofrenda al Señor para que me perdone.

—Tu oblación es bienvenida. Pero ten en cuenta que robar es un pecado grave. Debes hablar con Juan y pedirle perdón.

—Si se lo digo me degolla. Desde que preñaron a su mujer está muy irascible.

—Pero eso no debe ser impedimento para que dos personas hablen de forma civilizada. Estoy seguro de que, si te disculpas, lo aceptará.


Los años pasaron y Miguel no conseguía liberar a su pueblo del pecado. Pero en ningún momento pensó en marcharse; pues algo allí lo retenía.

Se llamaba María. Era la hija bastarda de Juan, una joven que no destacaba por su belleza, pero que a Miguel le había robado el corazón desde hacía tiempo. Era un amor mucho más fuerte que el que había sentido nunca por nadie hasta aquel momento, un amor tan intenso que ni Platón podría haber llegado a imaginar.

Miguel nunca habló de esto con su Padre, pues le avergonzaba. Sentía que el pecado estaba empezando a calar en él, y por ello la rehuía. Evitaba cruzarse con ella en el pueblo, y cuando se confesaba, eludía incluso su mirada.


Llegó una nueva época de hambruna. La sequía arreciaba desde el invierno y la mayoría de cultivos se habían echado a perder. Los animales tampoco tenían comida, y los ganaderos se veían obligados a sacrificar sus reses antes de tiempo por miedo a que murieran desnutridas. Los hurtos empezaron a normalizarse, y la histeria se adueñó del pueblo. La paciencia de Dios estaba llegando a su fin, y así se lo hizo saber a Miguel:

—Hola, Miguel ­—le habló una noche­—. Perdona que te despierte a estas horas, pero esto es importante. Este pueblo está corrupto, inundado por el pecado. Te traje aquí para que los guiaras en el camino de la luz, pero has fracasado. Con esto no quiero decir que sea tu culpa; fui yo quien pensó que ellos podían salvarse, pero me equivoqué. Hijo, quiero que subas al pico más alto de la cordillera antes del amanecer, pues cuando el sol aparezca tras las montañas, desataré una inundación sobre tu pueblo para evitar que el pecado siga su curso.

Miguel salió de casa cuando la Luna aún brillaba solitaria sobre un manto de oscuridad que en breves caería sobre sus vecinos. Se dirigió hacia la senda que escalaba la montaña, pero algo le impedía seguir: María.

Entró en su casa sin hacer apenas ruido, llegó a su habitación y le tapó la boca con un trapo bañado en alcohol. La cogió en brazos, la subió a su hombro derecho y se la llevó en dirección a las montañas.

Ascendiendo por el bosque se encontró con un ermitaño que recolectaba frutos silvestres para el desayuno. Este le dijo:

—Presiento que se avecina una tempestad, y tú tienes que ver algo con ella.

—Así es —respondió Miguel—. Yo he tratado de evitarla toda mi vida.

—Pero no lo has conseguido. Y ahora huyes de ella.

—Ese es mi destino.

—Pero no el suyo —dijo el ermitaño señalando a María.

—Tengo que salvarla; es lo único que quiero en esta vida. Si ella muriera, yo no tendría ningún motivo para seguir.

—Cambiar el equilibrio del mundo es peligroso, profeta. El destino de esta joven no te pertenece. Aun así, si tan decidido estás a salvarla, puedo ayudarte. La esconderé aquí de los ojos del Señor hasta tu regreso. Ella te esperará.

—Es mejor que no lo haga. Por su propio bien, dile que se vaya. Yo solo le causaría problemas.

Miguel llevó a la joven hasta una cueva, hogar del ermitaño, y la descolgó suavemente, tumbándola sobre un lecho de paja. Luego se marchó, no sin antes mirarla por última vez, hacia la cima de la montaña.

El sol ya esparcía su claridad sobre el valle cuando Miguel llegó a la cumbre, preparado para ver el fin del pueblo que lo había visto crecer. Pese a todo lo malo, había acabado cogiendo cariño a sus habitantes. De sus ojos empezaron a brotar lágrimas que descendieron por la ladera de la montaña, ganando velocidad y envergadura, hasta convertirse en un furioso río que lo arrasó todo a su paso. Desconsolado, Miguel cayó al suelo y se encogió, sabiéndose culpable de la muerte de sus vecinos.

—¡Necio! ¿Se puede saber por qué has salvado a María? ¿Acaso creías que no me daría cuenta? —le gritó su Padre.

—No podía dejarla morir —susurró Miguel entre sollozos.

—¡Era su destino! Ella es una pecadora, al igual que toda la gente del pueblo. Incluido tú. Pero a ti te quise salvar, pues aún podías serme útil en este mundo. Malditos humanos, vuestros sentimientos os hacen débiles y vulnerables.

—Te equivocas, Padre —le contradijo Miguel, levantándose—. Es el amor lo que nos une, lo que nos hace fuertes. Es la alegría lo que nos da ganas de vivir. Es la tristeza lo que nos da fuerzas para ello. Es la esperanza el motivo para seguir adelante.

—¿Acaso te crees que sabes más que yo? ¡Has liberado el pecado! Ahora ella lo esparcirá por el mundo, condenándolo para siempre. Debes decirme dónde está antes de que sea demasiado tarde.

—No puedo hacerlo, Padre. ¡La amo! Te pido que me quites a mí la vida y a cambio la dejes vivir.

—Sabes que eso no serviría de nada. Y en cuanto a ti, Miguel, no voy a concederte el privilegio de la muerte. No, hay algo mucho peor que eso. Vas a vivir eternamente en estas montañas, hasta que el Sol deje de brillar.


María se levantó mareada. Abrió los ojos y solo vio oscuridad. Asustada, gritó hasta que un desconocido se acercó con una antorcha y le dijo:

—No te asustes, pequeña, no voy a hacerte daño. Me han pedido que te entregue esto para que lo leas.

En la nota rezaba lo siguiente:

“Primero de todo tengo que pedirte perdón. Nunca has sabido quién soy realmente. Mi nombre es Miguel; seguramente me conozcas por ser el profeta del pueblo. Pero también soy tu padre.”

“Durante estos años me he comportado como un idiota. Te he evitado, pensando que tal vez eso atenuaría mi pecado y limpiaría mi consciencia. Pero nada más lejos de la realidad. Durante estos años te he amado con toda mi alma, y nadie me puede decir que eso sea un pecado.”

“Si estás en esta cueva es porque yo te he traído aquí. No intentes volver al pueblo; ya no existe. Tampoco sus habitantes. He intentado salvarte de un destino fatal, pero aún corres peligro. Aunque seas nieta de Dios, no soy capaz de imaginarme qué haría Él si te encontrara. Debes esconderte y huir lo más lejos que puedas. No me busques, pues no creo que llegue a ver la puesta de Sol.”

“Espero que entiendas lo que he hecho y que me perdones. Nunca en mi vida he sido capaz de hacer nada por ti hasta hoy. Este es mi legado. Esperanza.”

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