El juego


Aquel día, como muchos otros, mis padres me despiertan temprano. Yo quiero seguir durmiendo, es domingo… Y sigo sin entender por qué ellos trabajaban los fines de semana, si nadie más lo hace. “Ya sabes que tu madre es panadera” me dice papá. “La gente también come pan los sábados y los domingos. Y los malos tampoco entienden de vacaciones” finaliza, aludiendo a su trabajo como policía. A mí siempre me ha hecho gracia que mi papá sea policía. Me lo imagino montado en su coche persiguiendo a gente mala vestida de negro y con la cara tapada. Pero, por otra parte, me da miedo que algún día esa gente lo atropelle otra vez, o le hagan algo peor… 

—Vístete, María, que tenemos que llevarte con el vecino.

—¡Voy, mamá!

Me levanto de la cama y me pongo el vestido que mis padres han dejado encima de la silla. Le doy un beso a Gordilui —mi unicornio de peluche— y voy al comedor a desayunar una taza de Cola-Cao. Ese día me lo ha preparado mamá porque tiene prisa, pero en realidad yo ya he aprendido a hacerlo. Ella a menudo me dice que pronto me convertiré en una gran cocinera.

—Vamos, María, no te quedes mirando las musarañas —me dice mamá. La verdad es que no sé que son las musarañas, supongo que algún tipo de araña. Pero nunca he visto ninguna por casa. Y si la viera, no me quedaría observándola, sino que saldría corriendo y chillando. Sí, las arañas me dan mucho miedo.

Bajo las escaleras del bloque corriendo y pico al timbre de Óscar sin parar hasta que me abre. Me recibe con esa sonrisa tan peculiar y me dice que pase. Después, se queda un rato hablando con mamá mientras yo corro y me tumbo en su sofá, que es cómodo y muy blandito.

Óscar es lo que mamá llama “un canguro”, pero yo no le veo el parecido. Me suele cuidar los fines de semana y los días en que mis papás tienen que hacer recados. Es un hombre mayor, aunque mamá dice que tan solo tiene diez años más que ella. Pero yo creo que miente, porque Óscar tiene el pelo blanco (el poco que le queda) y se pasa en casa todo el día, como mis yayos. 

A mí me gusta mucho ir con Óscar. Tiene un montón de juegos (bueno, en realidad son míos, pero los bajo para jugar con él y luego me olvido de subirlos). También tiene un bote “secreto” con un montón de chuches, pero yo sé dónde lo esconde y, cuando se va al baño o a la cocina, lo cojo y me como unas cuantas. Él cree que hay una rata en casa que las roba, pero en realidad soy yo.

—¿Quién es mi niña favorita? —me dice.

—¡Yoo, yoo! —contesto.

—¿Quieres jugar con el yoyó? Venga, va, voy a buscarlo.

—¡Que no! —le respondo, riéndome. No sé cómo, pero siempre consigue sacarme una sonrisa.

—Entonces, ¿qué quieres hacer? —me pregunta—. ¿Quieres jugar a un juego nuevo?

—¡Sí, sí! —le respondo ilusionada.

—Pero es un juego muy secreto. No le puedes contar a nadie cómo se juega. Ni siguiera a tus papás.

—Vale. Y, ¿qué hay que hacer?

—Para empezar, tienes que quitarte las braguitas, cerrar los ojos y tumbarte boca abajo en el sofá.

—Vale… —lo hago—. Ya está.

—Ahora relájate —me dice—. Al principio puede que te duela, pero ya verás cómo después te gustará.

Tal y como ha predicho Óscar, me duele. Yo espero pacientemente el momento en que se supone que debe empezar a gustarme, pero ese momento nunca llega. 

Cuando no aguanto más y le digo que pare, sollozando. En un principio no me escucha, pero entonces le grito y parece entenderme. Me voy llorando al lavabo, sin comprender muy bien la gracia de este juego.

Unos minutos más tarde da tres golpecitos en la puerta del baño. Trae mis braguitas y una piruleta, y me pregunta si no me ha gustado el juego. Le digo que no, aún entre lágrimas, y él me da un abrazo y me promete que no volveremos a jugar. 

La semana siguiente mis papás me dicen que Óscar se ha marchado a Australia porque ha encontrado un trabajo allí. En un primer momento pienso que me pondré a llorar, pero no es tristeza lo que siento, sino alivio.

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