Cómo conocí a vuestra abuela
Corría el año cuarenta y cuatro. Como bien sabéis, vuestro bisabuelo, enterrado en algún lugar de Cataluña, murió en la guerra; yo apenas lo conocí cuando era pequeño. Como siempre digo, en la guerra no hay ganadores ni perdedores; sino muertos o supervivientes. Y mi padre, pese a luchar por el bando ganador, no sobrevivió a aquel sinsentido de lucha entre hermanos.
Mi madre se
vio obligada por tanto a volver a casa de sus padres en la ciudad de León, donde
malvivíamos todos juntos. Toda España estaba igual, intentando coser una herida
demasiado profunda y procurando a su vez no desangrarse en el intento.
Llegó por
aquel entonces a nuestra familia un tremendo hijo de puta al que yo debía llamar
padre. Resulta que su exmujer lo había abandonado (y con razón) y mi madre vio
en él una oportunidad para salir de aquel pozo de en el que se había sumergido
nuestra familia y conseguir un futuro mejor para nosotros. Adolfo, médico
de profesión, nos proporcionó un nuevo hogar en la misma ciudad, y también
proporcionaba a mi madre de vez en cuando alguna que otra paliza. Aquel
malnacido sabía cómo provocar dolor sin causar daño visible, pero mi madre
había aceptado su destino con resignación, por mi bien y el de mi hermana.
Aquel
energúmeno tenía una hija, Clara, fruto de una de sus múltiples infidelidades.
A mis diecisiete primaveras, yo iba más salido que el canto de una mesa.
Además, Clara era todo lo que su padre nunca podría llegar a imaginar: atenta,
dulce, bondadosa… y pícara.
Sabiendo
ella que me gustaba más que a un tonto un lápiz, a Clara le encantaba hacerse
gustar: hacía comentarios subidos de tono, se paseaba por casa ligera de ropa y
me lanzaba miradas que podrían derretir todo el hielo del Ártico. La
convivencia en aquella casa era, sin embargo, difícil; y nuestro idilio tan
solo podía llegar a ocurrir en nuestras mentes, pues Adolfo nunca aprobaría nuestra relación.
Fue por ese
motivo por el cual, unos años más tarde, decidimos fugarnos de aquella casa,
como si de una película romántica se tratara. La madre biológica de Clara,
quien por aquel entonces vivía en Euskadi, nos acogió durante los primeros
meses, hasta que conseguí trabajo en los altos hornos de Vizcaya, que en
aquella época vivían su mejor momento tras su puesta en marcha por parte de
Franco.
Durante años
no tuve contacto con mi familia, a la que había dejado atrás. A pesar de mis
múltiples misivas, estas no eran respondidas. De hecho, ni siquiera sé si
alguna de aquellas cartas llegó a las manos de mi madre o bien fueron todas
destruidas por aquel cretino que mi madre tenía por marido. Ni siquiera
respondía a su propia hija, a la que había desheredado. Años más tarde
viajaríamos de nuevo a León para descubrir que en nuestro antiguo hogar se
hallaba deshabitado. Y ni siquiera mis abuelos, a los que sí pude visitar en
aquel viaje, sabían nada acerca del paradero de su hija. Los vecinos
elucubraban que el matrimonio podía haberse ido a disfrutar de su jubilación a
Canarias. Me gustaría creer que así fue.
Volviendo a
nuestra historia, Clara y yo tuvimos una hija a la que llamamos Amaia, vuestra
madre; ya que era un nombre que nos gustaba y que además la ayudaría encajar en
una sociedad vasca que por aquella época estaba dividida entre el miedo y el
fanatismo. En mi caso, pese a no hablar el idioma local, mi buena relación con
los trabajadores de los altos hornos me evitó problemas mayores, pero sé de
gente que no lo pasó tan bien…
Amaia creció
bajo el paraguas de nuestro amor y cariño, y fuimos una familia unida y feliz
que ha perdurado hasta la época actual, hecho que en la sociedad de hoy en día
es todo un logro.
“Abuelo, es
la enésima historia que nos cuentas acerca de cómo conociste a la abuela. ¿Es
que nunca vas a dejar de inventarte historias diferentes?”
“La abuela
nos contó que en realidad la conociste en las fiestas del pueblo, la
embarazaste de rebote y que por eso se tuvo que quedar contigo”.
Pero esa no
es una historia interesante, ni romántica, ni emotiva… Una buena historia es
como una paella: puede ser una obra de arte o un arroz con cosas, en función de
los ingredientes que utilices y de cómo la cocines. Además, no hay una única
receta (a pesar de que algunos valencianos insistan en ello), puedes sazonarla
al gusto. Y por último, remarcar que, al igual que la paella, una buena
historia se disfruta mejor en compañía.
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