El origen de las estrellas

Su hija se estaba muriendo, y no había forma de salvarla. Al menos, eso habían pronosticado los médicos de Taevas, su ciudad natal. Sin embargo, Patrick se negaba a darse por vencido.

En los casos en que la medicina no funcionaba, los habitantes de Taevas acudían al monasterio de la ciudad, mas allí Patrick no encontró solución alguna, solo palabras de consuelo y oraciones para que Dios acogiera en su sino a la pequeña Layla.

Desesperado, Patrick acudió aquella misma noche al barrio marginal de Taevas, donde las malas lenguas explicaban que vivía un chamán que conocía la antigua magia, capaz de obrar milagros y con un poder antaño inimaginable.

Tras no pocas propinas, Patrick encontró la choza donde se alojaba el misterioso Chamán. “Entra, no tengas miedo. Toma asiento, ponte cómodo. Bien, cuéntame, ¿qué es lo que tanto deseas, aquello que tanto anhelas? ¿El amor de una doncella? ¿Un boleto premiado de lotería? ¿Deshacerte de una suegra demasiado longeva?  O quizás… ¿curar una terrible enfermedad? Sé muy bien a qué has venido, y me temo que no voy a poder ayudarte, a no ser… que quieras recurrir a la magia de sangre”.

“La magia de sangre es muy peligrosa, Patrick. Por algo está prohibida en todo el reino. Ya conoces la premisa de este tipo de conjuros, debes pagar un precio equivalente en sangre a aquello que quieres realizar. En tu caso, eliminar una enfermedad mortal del cuerpo de tu hija requiere el sacrificio de alguien con quien tenga lazos de sangre. Y, puesto que como me comentas, su madre falleció a causa de la misma enfermedad que ahora está matando a tu hija, eso te deja a ti como su única esperanza. Lamentablemente, yo no estoy capacitado para ejercer el ritual, pues lo debe realizar la persona interesada, mediante la intercesión de un poder divino. La antigua diosa Igavik podría ser adecuada para conseguir lo que deseas.

Tal como le había indicado el chamán, Patrick ascendió aquella noche junto a la pequeña Layla la montaña Kaljune, a los pies de la cual Taevas había crecido, y en cuya cima se encontraba el santuario de Igavik, la diosa de la eternidad. La mitología pagana explicaba que, las noches de luna nueva, la diosa acudía a su santuario para bendecir a los hombres que la adoraban. Con el establecimiento del cristianismo en Taevas, aquel santuario había sido abandonado; y la diosa, triste, desolada, se había marchado para siempre de la ciudad.

Sin embargo, el conjuro que le había entregado el chamán podía volver a invocarla. Para llevar a cabo el ritual, Patrick colocó a la pequeña en los brazos de la estatua de la diosa y recitó el conjuro, preparado para su trágico final. O eso creía él.

La estatua de Igavik pareció cobrar vida, y sus manos alzaron a la pequeña Layla, quien empezó a brillar de forma deslumbrante hasta convertirse en una esfera brillante de luz y calor. Durante unos instantes, desde lo alto de la montaña Kaljune, la pequeña Layla iluminó la ciudad de Taevas, desde donde sus habitantes pudieron observar, atónitos, como aquella brillante esfera luminosa ascendía al firmamento.

“Una vida por otra vida”. La voz procedía de la estatua de Igavik. “¿No era lo que esperabas, Patrick? Tu hija iba a morir; no había forma de salvarla; mas su sacrificio no ha sido en vano, pues ha supuesto su eternidad”.

“Si te fijas, al sur de la estrella polar podrás contemplar un nuevo astro que brilla con una considerable intensidad y un tono gélido. Ahí yace el alma de la pequeña Layla, que ahora descansa junto a las demás almas de los habitantes de este reino que una vez adoraron a una diosa de la eternidad, ya olvidada”.

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