El ladrón de historias
Fuiste muchas cosas antes de ser ladrón.
Muchos creerán que ha sido el dolor lo que ha
acabado conmigo; el dolor de una pérdida, el dolor de la traición. Pero se
equivocan. No puedo sentir dolor, pues ya no poseo ningún recuerdo que
demuestre que una vez fui feliz.
Pero no fuiste solo un ladrón de historias, pues al robármelas te llevaste algo más que eso: te llevaste mi vida.
Empezaste
siendo un desconocido, un alumno más entrando el primer día de curso por la
puerta de clase. Eras alto y delgado, con el pelo castaño y la mirada ausente.
Eras el nuevo, el centro de todas las miradas y especulaciones, un elemento
extraño en el ecosistema que era mi vida rutinaria. Y justamente por ser
desconocido te quise conocer.
Fuiste un
compañero. A diferencia del resto de chicos, te gustaba el baloncesto y la
lectura. Te habías mudado a la ciudad por el nuevo trabajo de tu padre, con
quien vivías tras su divorcio. Fueron muchos los que te mostraron su empatía
por tu situación, si bien la mayoría lo hacía por quedar bien contigo. A las
pocas semanas de que entraras por primera vez en aquella clase, eran muchos los
que habían perdido el interés por ti, pues ya habías pasado a formar parte de
su rutina.
Fuiste un
amigo. “¿Harry Potter? ¡Me encanta esa
saga! Me he visto todas las películas y he leído los libros varias veces” me
comentaste un día, tomando un café en el bar de la plaza. Yo prefería el
chocolate, pues quería una vida dulce en la que poder soñar. Todavía tengo el
vídeo de aquel día en el que (no sé todavía cómo) me convenciste para que
probara tu café, solo y sin azúcar. ¡Menuda cara que puse!
Poco a
poco te convertiste en alguien imprescindible en mi vida. Mis amigas parecían
estar celosas, pues decían que pasaba demasiado tiempo contigo. Por aquel
entonces yo no le di importancia. ¿Qué problema había? Yo me lo pasaba genial,
ya fuera yendo al cine, al bar o simplemente comentando el último libro que nos
habíamos leído.
Y llegó el
momento en el que pasaste a ser algo más que un amigo. Era cuestión de tiempo
que sucediera, comentaba la gente. Recuerdo perfectamente aquella tarde en la
que me llevaste al cine (y me invitaste, cosa rara en ti). Parecías nervioso;
estabas ausente. Te pregunté qué te pasaba y no me lo quisiste explicar. Me
empecé a preocupar y, de tan inquieta que estaba, no lo vi venir.
Fuiste un
beso corto; aunque suficiente para robarme. Por aquel entonces yo era pequeña e
ingenua; seguía siendo una niña, por mucho que me esforzara por demostrar lo
contrario. Tú, por tu parte, te aprovechaste de eso y, mientras yo te entregaba
mi corazón, tú blindabas el tuyo para que yo nunca pudiera tener acceso a él.
No te acuso de habérmelo robado, pues mi inocencia te lo entregó. Tampoco me
robaste el tiempo que pasamos juntos, sino que te lo dio mi felicidad,
persuadida por tus engaños y palabras
vacías.
En cambio,
sí que fuiste un ladrón de historias, recuerdos y momentos, un ladrón de los
meses más felices de mi vida. No tenías suficiente con mi corazón, grande y
puro, ni con todo el oro de mi tiempo, ni con mis más sinceras sonrisas que
conseguías arrancarme falseando las tuyas.
Pero no fuiste solo un ladrón de historias, pues al robármelas te llevaste algo más que eso: te llevaste mi vida.
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