La princesa silente
Era preciosa en su silencio, un silencio que
la envolvía y la protegía. Era un silencio de apariencia frágil, tímido como
ella. Uno de esos silencios que crees que te va a resultar fácil de romper,
pero sin embargo notas que las palabras se te escapan y la timidez y el miedo
se apoderan de ti. Se podría decir que era un silencio poderoso, capaz de hacer
callar al más charlatán, capaz de intimidar al más grande, un silencio
imperturbable.
En
nuestro pequeño pueblo habíamos escuchado historias acerca de ella. Unas
hablaban de destrucción y de muerte, algunas otras de actos heroicos en lugares
remotos; había también unas pocas en las que se la comparaba con una sirena o
incluso se había llegado a hablar de poderes divinos. Los hombres deseaban su
cuerpo; las mujeres anhelaban sus secretos. Pero nunca nadie se había atrevido
a dirigirle la palabra.
Recuerdo
el día en que llegó a nuestra aldea como si fuera ayer. El viento dejó de
silbar. Los árboles dejaron de agitarse. Los perros dejaron de ladrar. Las
ancianas dejaron de fisgar. Incluso parecía que el agua del río hubiera dejado
de correr. Me di la vuelta preguntándome qué pasaba.
Y allí
estaba ella. Tan dulce como el azúcar. Tan brillante como el propio sol, y a la
vez tan oscura como la noche. Tan suave, tan frágil, tan tenue. Tan… ¿triste?
Todos la
miraban, admirándola, preguntándose por la veracidad de las historias que
circulaban; unos nerviosos, otros emocionados, la mayoría temerosos. Pero nadie
notaba que algo sucedía.
Me
acerqué con cautela. Quería preguntarle si estaba bien. Pero cuando intenté
hablar, había olvidado qué decirle… Su silencio creaba una barrera invisible
entre nosotros, una barrera insalvable. Era un silencio celoso, que la amaba
demasiado como para dejar que alguien más pudiera hablarle. ¿Sería eso lo que
pasaba? ¿Sería ella prisionera de su propio silencio?
Me acerqué todavía más, con la intención de
penetrar esa barrera invisible que la separaba del mundo. Sin embargo, ella se
asustó y retrocedió, tropezando con un arbusto y cayendo al suelo. Fui a
ayudarle a levantarse, la cogí de la mano y…
No recuerdo
nada más.
Cuando recuperé la consciencia, me hallaba en
un bosque a pocos kilómetros de la aldea. Era de noche y ella dormía profundamente.
Así pues, me decidí a volver al pueblo y olvidar aquel incidente.
Llegué de madrugada; los primeros vecinos se
levantaban para trabajar. Me dirigí a casa del herrero a preguntarle si sabía
qué me había sucedido; pero cuando llegué cerró la puerta asustado. Y así
actuaron el resto de vecinos: unos hacían ver que no me habían visto mientras
que otros ni siquiera disimulaban y simplemente salían corriendo. Nadie me
hablaba. ¿Qué habría pasado el día anterior?
Yo nunca volví a existir para los aldeanos.
Quiero decir, físicamente sé que existía, pues ellos me miraban con recelo
cuando se cruzaban conmigo (eso si no me evitaban). Pero nadie volvió a
dirigirme la palabra.
Fue el tiempo quien me dio la respuesta.
Aquella tarde, al tocarla, el silencio me había hecho prisionero. Aquella tarde
ella había sido mi princesa silente y yo su príncipe para siempre.
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