Carta en una botella

27 de noviembre de 1980

Querido diario:

Al igual que la inmensa mayoría de los días, podría contarte que estoy cansado de trabajar mucho y de dormir poco, que mi vida es igual que ayer y que tampoco espero que mañana cambie.

Sin embargo, hoy sí que tengo algo diferente que explicarte. En uno de mis ya habituales paseos matutinos por la playa he encontrado ni más ni menos que una botella con un mensaje dentro. No era la típica botella de cristal tapada con un corcho ni el típico papel desgastado por… La verdad, no sé por qué se tendría que desgastar un papel en una botella cerrada herméticamente. La cuestión es que era simplemente una botella de plástico que contenía un folio escrito en bolígrafo. En dicha carta rezaba lo siguiente:


Estimado lector:

Cuando reciba este mensaje seguramente yo ya esté muerto. A mis setenta y ocho años no albergo más esperanza que la de que alguien, algún día, lea mi historia, pues lo que más temo no son las tormentas ni el hambre, sino caer en el olvido. Mi padre solía decirme que uno solo muere de verdad cuando deja de ser recordado.

Empezaré explicando cómo llegué hasta aquí. Yo siempre me había considerado un marinero experimentado. Mis muchos años en la mar habían sido mis mejores maestros. También lo eran la mayoría de mis compañeros, con quienes compartí oficio durante varias décadas.

Corría el año 66 cuando, aquel 7 de mayo, me disponía a zarpar. Había mala mar y todo hacía presagiar que se avecinaba un temporal, pero la precaria situación familiar nos obligó a mí y a mis compañeros a zarpar.

No recuerdo olas tan altas como las de aquel día ni viento tan fuerte. Nuestra pequeña embarcación apenas conseguía soportar las embestidas del mar enfurecido cuando, en un arrebato de furia, uno de esos golpes consiguió derribarme con tan mala suerte que me golpeé la cabeza contra el mástil y caí desmayado.

Cuando desperté no encontré a ninguno de mis compañeros a bordo. Eso fue lo primero que me  extrañó, pues tampoco hallé ningún cadáver; y la embarcación parecía estar en buen estado. Sin embargo, el timón estaba roto, por lo que me hallaba a la deriva.

Unos días más tarde avisté tierra y el oleaje nos empujó a mí y al barco hacia ella. Eso fue la segunda cosa que me extrañó, pues yo creía saber en qué punto del mapa me encontraba y en él no figuraba ninguna isla en cientos de kilómetros a la redonda. Supuse entonces que alguno de los instrumentos se habría estropeado (aunque debo remarcar que todos parecían funcionar a la perfección).

Durante más de treinta años me las he apañado para sobrevivir. Tengo que decir que he tenido mucha suerte, pues tengo entendido que no suele haber ríos de agua dulce en islas pequeñas. Pero también he aprendido a cazar, a pescar con las manos, a distinguir los frutos venenosos de los comestibles, a hacer fuego con piedras y a defenderme de la muerte, quien ha estado acechándome constantemente.

Hace unos días llegó esta botella (vacía) a las costas de la isla. Gracias a ella y a los utensilios de escritura que conservaba en la embarcación he podido escribir este mensaje. También gracias a ellos he podido llevar la cuenta de los días, los meses y los años. Quizás pasen años hasta que usted encuentre esta botella; quizás nadie la llegue a encontrar nunca y yo muera en el olvido. Pero si la está leyendo lo único que le pido es que me mantenga vivo en su recuerdo.

Atentamente,

David

14 de diciembre de 1998

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