La mansión de los sueños (segunda parte)


Es de noche, pero no consigo conciliar el sueño. No paro de indagar en formas de dar la vuelta al mundo en tan solo tres días.

En un primer momento pienso que viajar en avión puede ser una buena solución. Pues bien, mi subconsciente (o quienquiera que esté detrás de esto) también ha tenido la misma idea, y para hacer más interesante esta aventura ha decidido cambiar las reglas del juego. En esta realidad, una tormenta solar de dimensiones épicas asola nuestro planeta, y las comunicaciones y muchas señales inalámbricas resultan inútiles debido a las altas interferencias. Por ello, los aviones comerciales no pueden operar. Y eso significa que no puedo volar.

Hacerlo en coche es literalmente imposible, y el barco es una solución demasiado lenta. Empiezo a desesperarme. No hay forma de dar la vuelta al mundo en tan poco tiempo y en estas condiciones. ¿O sí?


Por mi ventana se filtra un leve rayo de luz, lo que significa que mi viaje debe comenzar. Pero antes, cojo el teléfono fijo de casa y pido un crédito que no sé que no voy a devolver. A continuación, me hago un par de tostadas para desayunar y decido llamar a ese amigo que todos tenemos que sería capaz de dar la vuelta al mundo por ti. Justo a quien necesito.

Salgo de casa en dirección al puerto, no sin antes pasar por el cajero. El radiante sol de verano va cogiendo altura mientras paseo por las calles de la ciudad con una bolsa repleta de cientos de billetes. Me reúno en el muelle con mi cómplice en esta aventura y paseamos buscando la embarcación más rápida de todas basando nuestro criterio en lo “pepinas” que parecen.

Encontramos al fondo una lancha alargada con varios motores y saludamos a su propietario que, según nos cuenta, se encuentra limpiando su juguete. Después de una breve charla, le “pedimos amablemente” que abandone su embarcación, si puede ser con las llaves puestas. Nos dirigimos rápidamente a un puerto cercano, donde compramos garrafas de agua, combustible y provisiones, y ponemos rumbo al norte con la ayuda de una brújula y unos mapas que acabamos de encontrar, iniciando nuestra aventura.

Queda poco más de un día para que acabe el plazo, y me muero de frío. La brújula sigue indicando la misma dirección, y empiezo a desesperar. Ya deberíamos haber alcanzado el polo norte magnético, que “gracias” al cambio climático es navegable en verano. Pero la brújula apenas se desestabiliza, y cuando lo hace es principalmente debido al efecto del oleaje. Ya hace horas que, según nuestra precaria navegación, habríamos sobrepasado la costa de Groenlandia, y temo que nos hayamos perdido. Empiezo a hacerme a la idea de que quizás tenga que vivir en esta realidad irreal, pero no sé si sería capaz de aceptarla sabiendo que se trata de un sueño. Además, no quiero tener que devolver el préstamo.

Según el reloj, son las tres de la “noche”, pero aquí no oscurece. Mi amigo me llama, y por primera vez en estos días no es para quejarse ni para decir que estoy chiflado. La brújula se encuentra girando de forma alocada, lo que significa que por fin hemos alcanzado nuestro objetivo. Ahora empezamos realmente a dar la vuelta al mundo, y solo tenemos un día para ello. El polo norte real se encuentra a la derecha, así que giro muy levemente el timón hacia este lado con el objetivo de rodearlo. Puesto que en estas latitudes la brújula es irrelevante, me guío por la posición del sol para determinar nuestra ubicación y asegurarme de que no me exceda en el giro.

Navegamos sorteando las placas de hielo que nos vamos encontrando, y temo que eso nos ralentice demasiado. El dolor de cabeza por la falta de horas de sueño se hace insufrible, y el frío amenaza con convertirnos en parte de este paraje. Yo observo el reloj, contando las horas que quedan para el final y preguntándome cómo sabré si lo he conseguido. Mi amigo se pasa el tiempo tumbado, cada vez más consciente de la locura que ha hecho. Los ánimos decaen a medida que avanzamos por la monotonía.

Solo quedan unos minutos para que la cuenta atrás llegue a su fin, y no existe indicio alguno en el horizonte que me haga pensar que he logrado dar la vuelta al mundo, aunque según el sol ya debería haberlo hecho. Miro al agua y contemplo la luz reflejada en la inmensidad del océano. A lo lejos escucho un crujido, y observo cómo un enorme bloque de hielo se desprende de un iceberg y cae al agua. Es solo un aviso más del sufrimiento de este planeta, que se desangra a pedazos; es un espectáculo maravillosamente aterrador.

Me quedo boquiabierto contemplando con cierto temor cómo cae el bloque, ya que a continuación viene la ola. Giro rápidamente el timón para alejarme de ella, sabiendo de antemano que es una batalla perdida. Cuando nos alcanza, golpea violentamente la lancha y nos lanza al gélido mar.

Consigo salir a la superficie. Ya no estoy en el ártico.


Nado hasta la orilla del lago y me tumbo en la hierba. El calor del verano vuelve a abrazarme mientras me seco, gozando de un merecido descanso. Contemplo el paisaje que me rodea. Junto al lago se halla una majestuosa montaña vertical de roca maciza, en cuya cima hay un objeto extraño. ¿Una puerta? ¿Será ese mi siguiente reto, escalar la montaña? El miedo vuelve a inundar mi cuerpo; solo de pensar en la altura me entra el vértigo.

Empiezo la ascensión con más pena que gloria y, a los tres metros de altura ya tengo mi primer susto. Mi mano derecha resbala y quedo sujeto únicamente por la izquierda y mis pies. El miedo se intenta adueñar de mí, pero me obligo a seguir.

Llevo ya unos veinte minutos de ascensión y apenas noto los dedos, que están en carne viva. Me encuentro exhausto, y mis movimientos se vuelven torpes e imprecisos. En uno de mis pasos, mi pie izquierdo resbala. Y caigo.

Y mientras caigo, pienso en si despertaré por fin de esta pesadilla o me quedaré en este mundo, o quizás en un limbo entre ambos. Pero, antes de llegar al suelo, alguien me coge y frena mi caída. Pero no hay nadie a mi espalda. Son alas.

“¡Tengo alas!” pienso emocionado, mientras vuelo sobre el lago. Es una sensación de libertad realmente impresionante, es un mundo nuevo de posibilidades, es como si siempre hubiera vivido esclavizado y ahora hubiera roto las cadenas.

Pero no soy el único en este valle que puede volar. Un rugido aterrador resuena sobre mi cabeza, y un dragón (¡sí, un puto dragón!) baja en picado hacia mí. Debo llegar hasta la puerta y salir de esta habitación antes de acabar siendo su postre. Pero él es más rápido y grande. Y escupe fuego.

Rodeo la montaña intentando esquivarlo, pero mi inexperiencia con las alas se nota y en pocos segundos está encima mío. Esquivo una llamarada por los pelos e intento alzar el vuelo para alcanzar la puerta, mas él parece adivinar mis intenciones y me cierra el paso.

Bajo en picado hacia el lago para coger velocidad y distanciarme de él. Por un rugido, sé que me sigue de cerca. Doy media vuelta, lo esquivo, y me encaro hacia la puerta.

El dragón, al ser más grande, ha tardado en girar, y ahora gozo de unos metros de ventaja. La puerta está cada vez más cerca, al igual que la bestia. Esta es mi única oportunidad para escapar. Vuelo lo más rápido que puedo, pero el dragón me pisa los talones y lanza una llamarada justo cuando paso por la puerta.


Choco violentamente con la pared de esta nueva habitación, pero no caigo al suelo. Abro los ojos y veo que estoy levitando, pero ya no tengo alas. De hecho, no soy solo yo. Todo en esta sala flota: la mesa, la silla, los bolígrafos e incluso el armario. La puerta se encuentra al otro lado, así que me doy impulso con los pies y vuelo hacia ella.

Pero entonces, la habitación empieza a rotar, y choco con una de las patas de la mesa, que me golpea en las costillas. Durante unos segundos dejo de respirar, hasta que la grapadora me recuerda que debo salir de allí antes de que sea el armario el que me aplaste.

La habitación gira cada vez más rápido, y me es imposible impulsarme hacia una puerta que se mueve constantemente. Los objetos chocan con las paredes y se golpean entre ellos. Las patas de la silla se astillan, y una de ellas pasa a escasos centímetros de mi pierna. Tengo que darme prisa para encontrar una forma de salir, e intento recordar todas las películas de ciencia ficción que he visto.

¡Lo tengo! Para lograr interceptar la puerta, no tengo que enfrentarme a la habitación, sino moverme con ella. Me acerco a una esquina, que me recoge con un golpe. La puerta se encuentra enfrente, así que solo tengo que seguir la pared para llegar allí.

Gateo hasta llegar al muro contiguo, pero el armario me barra el paso. Lo empujo con una patada, y sale volando lentamente hacia el otro lado. Alcanzo por fin la pared donde se encuentra la puerta. Solo me quedan unos metros cuando una de las patas de la mesa me atraviesa el hombro derecho, clavándome en el muro.

Grito de dolor. Intento con el otro brazo zafarme de la madera, pero es inútil; las fuerzas me fallan. Me miro el hombro ensangrentado, temiendo que esto sea el final. Pero de pronto, alguien aparece por la puerta, consigue arrancarme la estaca y me arrastra a la salida.


Caigo en un césped húmedo. Me toco el hombro, que ya no sangra; tampoco me duele. Miro a mi alrededor. Estoy en el exterior de una mansión, en lo que parece que es el jardín. Hay alguien más, un chico joven, pero no consigo verle la cara.

Dos lunas iluminan el cielo nocturno. Una de ellas, de un tono azul claro, es ligeramente mayor que la otra, muy parecida a la del mundo real. Me quedo maravillado observando el firmamento mientras el joven se acerca.

—¿Estás bien? —me pregunta.

—Sí… ¿Dónde estamos?

—Estamos en la mansión de tus sueños. Cada sala contiene alguno de tus más importantes anhelos. La primera sala en la que has entrado, aquella oscura que se ha venido abajo, simboliza tus deseos más oscuros en los que tan solo quieres que todo acabe, aunque eso acabe contigo; simboliza tu vida que se derrumba y que siempre hay una luz esperándote al final. La segunda sala… No creo que haya que explicar nada, la mayoría de los hombres comparten ese sueño. Después, el deseo de despedirte de mamá; querer viajar por todo el mundo y el sueño humano por excelencia: volar. Y, por último, aquel sueño que tenías de pequeño de ser astronauta a pesar de los peligros que ello comporta.

—Y entonces… ¿Quién eres tú?

­—¿Aún no lo entiendes? Yo soy tu sueño más ambicioso, un sueño de nunca crecer que empezaste a tener a los quince años. Yo soy ese chico adolescente que nunca se hará mayor, soy el Peter Pan que habita esta mansión en el país de Nunca Jamás, este mundo soñado en que los sueños se hacen realidad.

—Entonces, si tú perteneces a este lugar, ¿qué hago yo aquí? —le pregunto.

—A veces, cuando los habitantes de tu realidad dormís, hay contactos esporádicos entre ambos mundos. Excepcionalmente, esos contactos pueden hacerse más intensos, llegando a “transportar” a esa persona entre ambas realidades. Tú no perteneces a este lugar, y por ello debes regresar. Tu mundo te espera…


—¿Hijo? ¡Hijo! —grita mi padre mientras me zarandea—. Me has asustado. Estabas gritando el nombre de tu madre sin parar… —me abraza.

—La he visto, papá… En el sueño. He hablado con ella.

Mi padre me mira con una triste sonrisa, mientras de sus ojos brota una lágrima. Me da un beso en la frente y me dice:

—Descansa, Morfeo.

Pero no puedo dormir, no paro de darle vueltas a ese sueño tan real. Decido salir al balcón de mi casa para que me dé un poco el aire. Miro al cielo; la luna destaca sobre el firmamento estrellado. A su lado, un cuerpo azulado le hace compañía.

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