La mansión de los sueños (primera parte)
Abro los ojos. Me encuentro de pie en lo que parece una
habitación oscura. Por la ventana, a través de la cortina, se vislumbra la
claridad de la Luna. No sé dónde estoy, y mi primera reacción es chillar, mas
de mi garganta apenas emerge un ligero grito ahogado. El pulso se me acelera y
empiezo a sudar, temiéndome lo peor.
Estoy en una pesadilla.
Quiero salir de aquí, despertarme, pero no sé la forma de
conseguirlo. Comienzo a hiperventilar, y me obligo a relajarme. Empiezo a
barajar opciones, pero lo único que saco en claro es que tengo que avanzar
hasta encontrar la salida. Me dirijo a la única puerta que hay en la habitación
y paso a la siguiente sala.
La oscuridad me envuelve a medida que cruzo el umbral, y la
puerta se cierra sola tras mi paso. Aquí no hay ninguna ventana por donde se
cuele la claridad nocturna; de hecho, no hay absolutamente nada en este cuarto.
Incluso la puerta por donde he pasado parece haber desaparecido. Empiezo a
buscar con las manos algún botón, alguna trampilla, un falso muro. Pero no
encuentro nada. Resignado, me siento a esperar que algo suceda, pero lo único
que pasa allí dentro es el tiempo. Inspecciono de nuevo el lugar sin resultado
alguno y me tumbo en el suelo, preparado para morir de hambre y salir así de
esta pesadilla.
Un terremoto me despierta. La habitación vibra ferozmente.
Apenas puedo mantenerme de pie, y me siento para evitar caerme. Una puerta (que
no se encontraba anteriormente allí) se abre a un lado, desvelando un pasillo del
final del cual proviene una intensa luz. Los primeros escombros empiezan a desprenderse
mientras el sueño se desmorona. Intento ponerme en pie, pero me caigo y decido
gatear. Cruzo la puerta y entro en el pasillo.
Una biga se precipita frente a mí, cerrándome el paso. Consigo
superar el obstáculo y continúo gateando. Empiezo a notar un olor extraño. Gas.
Me temo lo peor, y me pongo en pie para correr, apoyándome en la pared.
Llegando a la puerta un escombro se desprende de la pared y
me golpea, haciéndome caer. Me intento levantar de nuevo, pero el edificio se
mueve demasiado. Gateo unos últimos metros y alcanzo la puerta, justo cuando
una gran bola de fuego emerge de la habitación. Cierro la puerta de golpe, me
cercioro de seguir entero y respiro, aliviado. Al menos esta nueva sala está en
reposo.
Esta parece una habitación normal: tiene un pequeño armario,
una lámpara de araña, un escritorio con una silla a juego y una enorme cama donde
descansa una mujer. Pero no es una mujer cualquiera, sino mi amor platónico
desde que me empezó a interesar el sexo femenino, aquella actriz de melena
rubia, grandes ojos azules y un cuerpo digno de un ángel.
Se da la vuelta, y sus ojos me miran con interés.
—Hola— dice en un castellano perfecto. —Me han contratado
para rodar una escena contigo, pero sin cámaras... y sin ropa—.
Se desabrocha la bata, dejando al descubierto un sujetador escarlata
que hace honor a su nombre. Siento que el pulso se me acelera y me acerco a la
cama, nervioso. Pero ella me coge las manos y las guía por su cuerpo,
enseñándome todas sus curvas, sus secretos y sus recovecos. Me dejo llevar en
un baile que no parece tener final, una canción que se repite cada vez de forma
diferente, una danza de sensualidad y de placer de dos cuerpos magnéticos, dos
piezas de un rompecabezas que encajan perfectamente.
Termino dentro suyo y beso sus labios por última vez.
—¿Nos volveremos a ver? —le pregunto.
—Sigue soñando— me contesta, guiñándome un ojo.
En ese momento entra por la puerta una mujer mayor vestida
con una bata blanca.
—¿Es usted el señor Antonio? Pues acompáñeme. Es urgente.
Me visto rápidamente y cruzo a la siguiente sala.
Lo que veo a continuación me deja petrificado. Mi difunta
madre está en la cama de un hospital. La acompañan una doctora y la enfermera
que me acaba de avisar.
—A tu madre le quedan unos minutos de vida —me comenta la
enfermera—. Me ha dicho que te avise para poder decirte las últimas palabras
que en otro mundo no te pudo expresar.
—Hola mamá —le digo con los ojos llorosos.
—Hola hijo. Qué grande que estás; has crecido un montón
desde la última vez que nos vimos. Diez años han pasado desde entonces. Y, sin
embargo, sigues llevando el pelo largo igual que antes.
—Mamá, quisiera pedirte perdón. Aquel día estaba enfadado,
ya sabes que cuando somos adolescentes nos cabreamos por todo. Pero eso no
justifica que no te fuera a ver al hospital, y desde aquel día me arrepiento
constantemente por no haber ido y me repito lo gilipollas que fui —. En ese
momento rompo a llorar, y mi madre me coge la mano.
—¡No digas eso! Todos hemos sido adolescentes alguna vez.
—Lo sé, pero necesito que me entiendas. Estaba cansado de
ir al hospital día sí, día también. Además, aún era pequeño para entender lo
que te ocurría, y cada día te veía igual. Ir allí se había convertido en una
rutina, y para mí era un hastío perder cada día más de una hora para estar allí
sentado. Fue después de tu muerte cuando me di cuenta de lo equivocado que
estaba. Pero ya no podía volver atrás.
—La vida es efímera, hijo, y cuanto antes lo aprendas,
mejor. La muerte es algo natural, es una parte intrínseca de nosotros. Sin
muerte no podría haber vida.
—Lo sé, mamá, pero no te puedes acostumbrar a la muerte.
Siempre piensas que no te pasará a ti, que tú eres especial, que ese momento no
llegará. Pero llega. Y yo no estaba contigo cuando te llegó a ti.
—Hijo, no tienes la culpa de que yo muriera aquel día, y no
quiero que cargues con ese peso. Simplemente disfruta de la vida, y persigue
tus sueños.
—¡Pasajeros al tren! —se escucha al otro lado de la
habitación.
—Mamá, me tengo que ir; pero antes, deja que te diga que te
quiero.
Pero mi madre ya no me escucha, y su mano descansa inerte
sobre la mía. Me seco las lágrimas como puedo y abandono la habitación.
La luz del sol me ciega. Tardo un rato en acostumbrarme a
ella. Miro alrededor y por fin veo algo familiar. Estoy en la estación donde
cojo el tren que me lleva a casa. El revisor me ve y me apremia a que suba,
alegando que el tren va con retraso (algo para nada habitual). Recorro los
metros que me separan del convoy, entro en el vagón y me siento al lado de la
ventana. El tren comienza su marcha y yo me apoyo en el cristal, mecido por el
suave traqueteo de las vías.
Despierto justo al llegar a mi parada y, pese a que soy
consciente de que continúo soñando, siento una sensación reconfortante al
llegar a casa. Me dirijo a la cocina para comer algo (me muero de hambre) y observo
que encima de la mesa descansa una carta. En ella reza lo siguiente:
Bienvenido a tu hogar,
Por fin puedes
descansar;
mas mañana, al alba,
partirás,
y la vuelta al mundo
debes dar;
pero no te puedes
retrasar,
pues tan solo tres días
tendrás.
Mucha suerte; la vas a
necesitar,
Porque si no lo consigues
lograr,
en este sueño
permanecerás
por siempre jamás.
Comentarios
Publicar un comentario