La princesa inmemorial


Teresa se sentó en el trono del palacio de cristal, consciente de la majestuosidad de aquel edificio tan antiguo como el propio reino. Y como ella.

Había nacido con el propósito de gobernar, y lo llevaba haciendo desde tiempos inmemoriales. Según su Padre, “la clave de un buen gobernador es la experiencia”; por eso había creado un ser inmortal para ese fin. Pero a pesar de su inmortalidad, Teresa era humana en todos los aspectos. Sangraba cuando se cortaba con el cuchillo, enfermaba al llegar el invierno, se emocionaba con las historias amorosas que cantaban los trovadores y tenía la dichosa manía de dislocarse el hombro izquierdo.

Durante la época estival, Teresa solía hospedarse en el palacio de cristal. Se trataba de un majestuoso edificio cuya estructura de piedra y mármol de diferentes variedades sostenía una multitud de paneles de vidrio que lo recubrían exteriormente. Pero con la llegada de las primeras nevadas la princesa se trasladaba al palacio de invierno, una fortaleza construida en piedra maciza situada a un día a caballo de la capital. Teresa detestaba tener que mudarse allí, pero la verdad es que con el frío su residencia de verano se tornaba inhabitable.

La princesa era querida por la mayoría de los habitantes el reino. Tenía fama de ser buena en la gestión de situaciones difíciles, y su sistema de reparto de los bienes y riquezas le había hecho ganarse la simpatía de muchos de sus conciudadanos. Pero ello también había despertado el recelo de pequeños grupos de la sociedad, quienes veían a Teresa como una mera dictadora que pretendía perpetuarse en el poder. Por ello aprovechaban constantemente para criticar sus decisiones y la instaban a convertir aquel régimen en una democracia.

Pero llegó uno de aquellos años en los que la Madre Naturaleza se volvió seca y árida en verano, mientras que en la época invernal se dedicó a soplar un fuerte viento gélido. Los víveres empezaban a escasear y las ansiadas lluvias de primavera no llegaban. Los habitantes, desesperados, exigían a su princesa una solución a su hambruna.

“¡Expropiad a los nobles sus provisiones!” reclamaban algunos. Pero lo cierto era que incluso ellos estaban quedándose sin existencias. “¡Utilizad los depósitos de víveres de emergencia!” clamaban otros. Pero estos también se encontraban vacíos.

Y es en estas situaciones cuando el instinto de supervivencia se superpone a la razón humana, y una pequeña chispa es capaz de desencadenar un incendio aterrador. El pueblo, alentado por aquel pequeño grupo de aristócratas siempre críticos con la princesa, se sublevó una noche y entró en el palacio de cristal, expulsando a Teresa del trono y desterrándola de la ciudad. La princesa no pudo hacer otra cosa que aceptar su destino, y contempló impotente cómo la gente que siempre la había apoyado ahora le daba la espalda. ¿Qué podía hacer aquella gente para apaciguar los antojos de su Madre? Ni siquiera su propia hija podía mediar con ella. Como su Padre siempre decía, “Naturaleza es caprichosa por naturaleza”.

Huyó de la ciudad aquella misma noche con el caballo que una vecina le cedió amablemente. “Tú no tienes la culpa de esto” le dijo. “Pero tienes que volver. Eres la princesa de este reino, y tu lugar está aquí, en el palacio.”


Teresa llegó al día siguiente a la fortaleza de invierno con fuertes dolores de cabeza. Los pocos miembros del servicio destinados permanentemente en aquel otro palacio corrieron a atenderla. La llevaron a sus aposentos y la tumbaron en la cama mientras uno de ellos iba en busca del médico del pueblo.

Legó horas más tarde, o eso le pareció a la princesa. A pesar de encontrarse tapada bajo toneladas de mandas, su cuerpo no dejaba de tiritar, sucumbiendo a la fiebre que se extendía rápidamente por él. El médico la examinó detenidamente y acabó concluyendo: “Tu enfermedad no es de este mundo, querida. Esto escapa a mis conocimientos, pero sé de alguien que quizás pueda explicártelo. El profeta Miguel vive aislado en las montañas y es la única persona del reino capaz de comunicarse con tu Padre. Logra llegar hasta allí y quizás él logre explicarte algo acerca de tu mal.”

“Y sí, lamento decírtelo, pero vas a tener que ir hasta él, pues Miguel no puede moverse de allí. Al igual que tú, es inmortal. Pero, por otra parte, su eternidad es una cárcel para él. Está condenado a permanecer allí para siempre como castigo por un crimen atroz que cometió antes de que tú nacieras.”

Así pues, la princesa reclutó a un reducido grupo que la acompañaría en su pequeño viaje. Apenas consiguieron reunir unas pocas provisiones que restaban en la fortaleza y, al alba del día siguiente, partieron hacia las montañas.

Pese a la época del año en que se encontraban, la nieve se conservaba sorprendentemente bien allí arriba, lo que hacía más complicado su avance. Los caballos tropezaban constantemente, pues el manto blanco ocultaba los obstáculos en el camino. Incluso habían tenido que sacrificar uno de ellos al romperse una de sus patas en una caída. La princesa, tumbada sobre su montura, deambulaba por episodios de inconsciencia, seguidos por despertares agónicos en los que únicamente deseaba volver a su estado onírico. Las provisiones eran ya inexistentes y la desesperación calaba silenciosamente en el grupo, frustrado por no encontrar señal alguna de vida.

Fue aquella noche cuando, a lo lejos, la princesa vislumbró un punto de luz. “Tiene que ser allí” pensó Teresa. “O puede que esté empezando a tener alucinaciones”. Lo consultó con el guía, quien aseguró que él también lo veía. Aquella noche la princesa consiguió por fin dormir plácidamente con una palabra escrita en su mente: esperanza.


Llegaron al refugio al día siguiente. El gélido viento soplaba con fuerza, como queriendo expulsar al grupo de aquellos dominios. Miguel los aguardaba en la puerta, ajeno a las inclemencias del tiempo.

“Te estaba esperando, princesa” dijo. “Pasad y resguardaos, os traeré una sopa para que entréis en calor”. La princesa se quedó atónita al contemplar aquella cabaña. Por fuera parecía un refugio como otro cualquiera, pero Miguel había excavado la roca para formar una gran sala principal. Había también diversas aperturas a los laterales, lo que indicaba que existía una red de pasillos internos.

El profeta salió por una de esas entradas con una gran olla humeante y varios cuencos y repartió la comida. Una vez saciado el voraz apetito de los aventureros, Miguel llevó a Teresa a una sala contigua para hablar con ella.

“Verás, princesa, he estado hablando con Padre sobre el mal que te aflige. Es muy sencillo; como tú bien sabes, has nacido para gobernar. Ése es tu propósito en este mundo. Sin ese objetivo no eres más que una simple mortal que ya ha vivido demasiado. Por suerte para ti, Él aún te ve capaz de seguir liderando el reino y me ha recetado un brebaje que mantendrá tu mal en estado latente durante un tiempo. Debes volver a la ciudad y recuperar el control de esta región que empieza ya a desmoronarse antes de que lo hagas tú también.”

“No me preguntes por mí. No somos hermanos, solo hermanastros. Y prefiero no contarte acerca del crimen que cometí, esa carga me corresponde soportarla únicamente a mí. Todos tenemos un propósito en esta vida, y yo no acabé de comprender el mío. Ahora márchate y toma el control del reino, pues tu destino está unido a él.”


Llegaron a la ciudad al anochecer, con la Luna alzándose majestuosa sobre las montañas. Bajo su tenue luz llegaron a las puertas del palacio de cristal, aunque la princesa sabía que reconquistarlo no sería tarea fácil. Bajo la frágil apariencia de su exterior se encerraba una auténtica fortaleza diseñada para resultar impenetrable a los enemigos.

Pero ella no era ninguna enemiga. Y sabía cómo hacerlo.

Bajo la superficie vítrea, una red de túneles y pasillos comunicaban los aposentos de la princesa con los del servicio y con otras estancias como los aseos. Muchas de esas galerías permanecían ocultas o restaban inutilizadas, pero fueron de lo más útiles para Teresa, quien consiguió introducirse sigilosamente en el palacio gracias a ellas.

La noche la amparaba mientras se dirigía a sus aposentos, ahora ocupados por un traidor. El único guardia con el que se cruzó tan solo pudo ver el reflejo de una vela sobre el cuchillo que se dirigía directo a su corazón. Teresa se movía sigilosa mientras llegaba a su habitación… Que estaba vacía. Pero sobre su mesita de noche descansaba un pergamino anunciando una audiencia con “Su Majestad” para aquella misma noche. El traidor la estaba esperando.

Subió las escaleras que conducían a la planta principal del edificio y lo que vio allí la aterró. No la esperaba únicamente el impostor, sino que se hallaban reunidos todos los habitantes de la ciudad. De repente, unos barrotes de madera emergieron del suelo, dejándola encerrada.

“Buenas noches, princesa. Veo que te has dignado a aparecer; ya pensaba que me ibas a dejar plantado en nuestra primera cita. Verás, si he convocado aquí a mis conciudadanos ha sido para que presencien el fin de una era de tiranía y de maldad. Y te preguntarás por qué. Mira, es un tanto extraño que las lluvias lleven un año sin aparecer, una escasez que ha estado a punto de causar la muerte de muchos habitantes.”

“Todos sabemos acerca de tu inmortalidad, y dices que tienes origen divino, pero ¿es realmente así? Porque yo más bien creo que simplemente eres una bruja que se perpetua en el poder para disfrutar de los lujos de este palacio a costa de la pobreza de la gente. Nos cuentas cuentos sobre tu Madre Naturaleza, a quien ni siquiera pides que llueva. ¿Por qué? Para mantenernos sumisos, creándonos una necesidad de comida que solo tú puedes satisfacer, utilizando precisamente los víveres que previamente nos has robado llamándolos impuestos. Así lo has hecho durante siglos, pero ya es hora de que alguien te pare los pies. Por eso, querida princesa, no me queda más remedio que condenarte a muerte. Y todos sabemos que las brujas como tú únicamente pueden morir envueltas en llamas.”

La sala estalló en un griterío, mientras que la princesa intentaba asimilar las palabras que acababa de escuchar. Los habitantes que siempre la habían apoyado y por los que había trabajado toda su vida ahora le daban la espalda. El verdugo se acercó con una antorcha y un saco de paja e inició la hoguera bajo los pies de la princesa con tal de convertir esos barrotes en una cárcel de fuego.

Lo que nadie tenía previsto es que el incendio se extendiera más allá de aquella prisión. Las ascuas ascendieron con furia y se esparcieron por la sala, convirtiendo el salón del trono en un infierno. La gente huía aterrada y el caos se adueñó de un pueblo que ya había perdido el rumbo.

Poco a poco el fuego se fue extendiendo por el palacio arrasándo todo a su paso y, avaricioso como era, continuó con su camino colina abajo en dirección a la ciudad. La sequía que había asolado al reino lo alimentaba y el viento que soplaba avivaba su ferocidad. Aquella noche la Luna se volvió roja.

Teresa, inmortal como era, resistió a las llamas, pero nada pudo hacer por evitar su propagación. Se quedó allí de pie, impotente, presidiendo una sala en ruinas y observando cómo la ciudad se veía reducida a cenizas y cómo el fuego, insaciable, avanzaba hacia tierras más lejanas.

La princesa inmemorial, sin un reino que gobernar, se desplomó en el suelo junto a los cristales rotos del palacio, perdiéndose en la memoria de aquel pueblo.

Aquella noche llovió sobre las cenizas del reino. Se dice que era la Madre Naturaleza llorando la muerte de su hija.

Comentarios

  1. Me ha encantado! No he perdido el interés en ningún momento de la lectura. Me he quedado con las ganas de una segunda parte donde se revele el inconfesable delito que cometió el profeta Miguel.

    Sigue así, felicidades por el blog.

    Hermes

    ResponderEliminar

Publicar un comentario