Ágatha y Miguel
Ágatha
Era una de aquellas chicas capaces de atraer las miradas de
todos los hombres a su alrededor, aunque también las mujeres se giraban para
contemplarla; si bien con más celo que anhelo. La única persona que parecía no
comprender tal belleza era ella misma, tal vez por el miedo a su grandeza y su
poder.
Era bajita, con olas de pelo castaño y unos ojos verdosos
que Miguel prefería no mirar directamente por miedo a quedar atrapado en ellos.
Tenía la boca pequeña y la sonrisa de quien todavía no ha perdido la inocencia,
y unos labios finos que se movían sensualmente para producir maravillosas
melodías.
Miguel llevaba embelesado con aquella Afrodita desde que
empezó el curso y temía el fin de este porque eso significaría no volverla a
ver.
—¿Tú la has
visto? Pues entonces te habrás dado cuenta de que seguramente ella tiene tanto
interés en mi que ni siquiera debe de saber que existo.
—Pues si le
hablas lo sabrá… Podrías aprovechar para preguntarle si quiere ir al baile
contigo.
—¡Qué gran
idea! Sería algo cómo: “Oye, ángel de Victoria’s Secret, ¿te apetecería ir al
baile con un orco de Mordor como yo?
—Si tan
seguro estás de su negativa no te importará apostarte una copa a que esa es su
respuesta —le dijo Carlos—. ¿Aceptas?
—Bueno, más
alcohol para ahogar mis penas… Va, acepto —respondió Miguel.
El día de la fiesta Miguel estaba tan nervioso que temía
que lo tuvieran que llevar al hospital por un ataque al corazón. Aún no
entendía por qué Ágatha había aceptado ser su pareja en el baile. Apenas se
conocían y ni siquiera se habían dado el número de teléfono. Bueno, en realidad
Miguel sí que sabía algo sobre ella. Sabía que le gustaba leer, pues en los
ratos libres siempre la veía con un libro en la mano. También sabía que escuchaba
indie, y el color azul. Era callada pero no tímida, y daba clases de baile a
niñas pequeñas en un teatro cercano.
Aquella noche Miguel fue a buscarla a su casa. Salió su
padre a recibirlo y le hizo pasar al salón para realizarle un exhaustivo
interrogatorio. La voz melódica de Ágatha, anunciando su llegada, interrumpió
aquel suplicio.
Miguel pensó que se le paraba el corazón cuando la vio.
Lucía un vestido negro vaporoso que no dejaba lugar a la imaginación. Sus
labios estaban tintados de un rojo escarlata y el oleaje de su pelo se había
calmado para dejar paso a una calma lisa. Su padre la miraba con gesto de
desaprobación dudando entre mantenerse callado o advertirla sobre su atuendo. Finalmente
optó por la primera opción y se levantó para acompañarlos hasta la puerta. Los
despidió con un “que os lo paséis bien” que a Miguel le sonó como un “como la
toques te toco yo a ti pero más fuerte”.
Pasearon juntos hasta el polideportivo del instituto
hablando de temas banales. Al llegar, sonaba un conocido vals. Miguel,
desembarazándose de la vergüenza gracias al amparo de la oscuridad, cogió a
Ágatha de la cintura y empezó a bailar con ella. Pasaron horas así, tal vez
días, lo que para Miguel fue una breve eternidad, un sueño en el mundo real.
Disfrutaba con cada paso, con cada movimiento, con cada roce y con cada mirada,
atrapado por aquellos ojos hambrientos.
Bailaban cada vez más pegados. En acercarse
el final de la noche, Ágatha bajó la mano que tenía apoyada en su espalda
hasta su trasero. Miguel pensó entonces en llamar al 112 por tercera vez
aquella noche. Ella debió notar su nerviosismo, pues la apartó enseguida. Fue entonces cuando apareció Carlos.
—¿Tú no me
debías algo? —le preguntó a Miguel.
—¿Podrías
ser más inoportuno, por favor?
—Es que ya
se me han acabado las consumiciones y el barman no me quiere vender más.
Además, llevas con ella toda la noche. Pronto cerrarán.
—Está bien…
Miguel lo acompañó a la barra y luego fue un momento al
servicio. Al salir, buscó a Ágatha entre la gente hasta que la encontró.
Estaba besando a otro chico.
A Miguel se le cayó el alma a los pies. Se había hecho
demasiadas ilusiones, lo sabía, pero no
por ello el golpe se había amortiguado. Salió corriendo del polideportivo y se
fue a casa pensando en lo tonto que había sido por pensar que tenía alguna
posibilidad con ella.
Al llegar a casa entró en el baño, echó la ropa a lavar y
se metió en la ducha. El agua caliente no solo lo relajaba, sino que también
diluía las lágrimas que brotaban de sus ojos. Se puso el pijama y se metió en
la cama, imaginándose por enésima vez aquel beso que nunca se produciría.
Miguel
Era uno de aquellos chicos vergonzosos, con ojos del color de la miel y mirada perdida; una de esas personas que, detrás de su muro de timidez, sabes que encierran algo hermoso y fascinante. Así era Miguel, un cofre del tesoro esperando a ser abierto.
Era alto y delgado, con un cabello castaño rojizo y rizado
que a Ágatha le recordaba a los árboles en otoño. Su cara contenía numerosas pecas
que lo hacían incluso más atractivo, y de su boca surgía una profunda voz
cargada de sabiduría.
Ágatha llevaba queriendo hablarle desde que empezó el
curso, pero temía que al hacerlo Miguel se asustara. Ella comparaba esa
situación con acariciar a un gato: si te acercas a él, recelará y huirá. Tienes
que esperar a que él se aproxime a ti para ganarte su confianza.
Fue una sorpresa para ella cuando, pocos días antes del
final del curso, Miguel se le acercó y le pidió ser su pareja de baile. En ese
momento Ágatha se quedó bloqueada, incapaz de moverse y sin poder articular
ninguna palabra. Al no obtener respuesta, Miguel, con una cara de decepción
comparable a cuando se obtiene un cuatro y medio en un examen, se dio media
vuelta y se dispuso a marcharse. Fue entonces cuando de la boca de Ágatha
escapó un “sí, quiero” débil como un suspiro, pero con una firme convicción.
Miguel se giró hacia ella y su cara se iluminó como si, pese al cuatro y medio,
el profesor le hubiera aprobado la asignatura. Le dedicó una tímida sonrisa y
le dijo “te paso a buscar por casa entonces”.
El día de la fiesta Ágatha se sentía insegura. Apenas
conocía a Miguel, y temía que una barrera invisible se alzara entre ellos
creando un incómodo silencio. Para abrir un cofre se necesita la llave
adecuada, y ella no estaba segura de tenerla.
Días atrás había ido con su amiga Carlota a comprar los
vestidos para el baile. Ella le había recomendado algunos, pero ninguno la
acababa de convencer. Cuando ya se iba a dar por vencida, encontró en una
tienda un vestido negro del cual se enamoró al instante. Se imaginó cómo
luciría con él la noche del baile e intentó no asustarse demasiado al ver el
precio. Carlota también la había ayudado a maquillarse aquella noche, pues ella
no acostumbraba a hacerlo. Cuando se miró en el espejo de su casa y vio el
resultado final supo que había dado con la llave correcta.
Sonó el timbre de su casa mientras su madre le daba los
últimos retoques al peinado. Bajó por las escaleras unos minutos más tarde, y
se sonrojó al contemplar las caras de estupefacción de los dos hombres, que la
miraban atónitos. Definitivamente, ese vestido tenía algo mágico.
Pasearon juntos hasta el polideportivo del instituto
hablando de temas banales, aunque cada vez las conversaciones derivaban hacia
aspectos más personales. Ágatha estaba consiguiendo que Miguel se abriera,
aunque sabía que era solo un pequeño paso y que tendrían que haber muchas más charlas
como aquella para conocerlo bien.
Al llegar al instituto sonaba un conocido vals. Fue una
sorpresa para Ágatha cuando Miguel la cogió de la cintura y empezó a bailar con
ella. Sus movimientos eran torpes e imprecisos, pero ella, que bailaba desde
los 3 años, lo guiaba para enseñarle cómo hacerlo bien. Pese a su desacierto a
la hora de moverse, Ágatha disfrutaba con
cada paso, con cada movimiento, con cada roce y con cada mirada, atrapada por
aquellos ojos hambrientos.
Bailaban cada vez más pegados. En acercarse el final de la
noche, Ágatha pensó en darle su número de teléfono, pues no estaba muy segura
de que Miguel se atreviera a pedírselo. Para ello, cogió una de las tarjetas de
la escuela de baile donde trabajaba en la que había su número apuntado y se la
metió en el bolsillo trasero del pantalón a Miguel. Al notarlo, él se puso
tenso, y Ágatha soltó una tímida risilla. Fue entonces cuando apareció Carlos.
Se llevó a Miguel con la excusa de algo sobre una apuesta,
y este la despidió con un “vuelvo enseguida”. Se quedó entonces sola en medio
de la pista de baile, rodeada de gente moviéndose al compás de una música que
ella había dejado de escuchar.
Apareció entonces Lucas, uno de sus mejores amigos, quien
había tonteado con ella en incontables ocasiones con idéntico resultado. Le
pidió un baile, y ella, ante la perspectiva de quedarse sola (pues no veía a
Miguel por ninguna parte) aceptó.
Bailaron juntos un par de canciones. A diferencia de
Miguel, Lucas se sentía cómodo en la pista de baile, y Ágatha lo agradecía. En
acabar la segunda melodía, sus caras estaban pegadas, y Lucas lo aprovechó para
besarla. En aquel momento, Ágatha se quedó bloqueada, incapaz de moverse o de
escapar de él. Segundos más tarde reaccionó y lo apartó de un empujón, esperando
que Miguel no la hubiera visto. Lo buscó con la mirada, y lo encontró corriendo
hacia la salida.
Apartando a la gente a empujones, consiguió finalmente
llegar a la calle. Pero él ya no estaba allí. En ese momento deseó que, al
llegar a casa, él encontrara la tarjeta y la llamara para que pudiera
explicárselo. Nunca recibió esa llamada.
Se fue a su casa andando, conocedora de que el cofre se le
había escapado de las manos y ahora se hundía lentamente en las profundidades
del mar, esperando a que, en un futuro, otro osado pirata lo descubriera y diera
con la llave para abrirlo.
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