La ciudad eterna



Lina había oído hablar de la ciudad eterna. Pese a que su madre evitaba el tema, su padre le había contado historias asombrosas. Era un lugar en el que el tiempo dejaba de fluir, y sus habitantes vivían para siempre. Sin embargo, era una ciudad prohibida para la mayoría de los humanos, pues tan solo podías entrar si eras de allí. Un muro mágico, construido con hechizos ancestrales, protegía a sus habitantes de una invasión masiva de mortales hambrientos de tiempo.

Lina había nacido en esa ciudad, pero su familia se había mudado cuando ella aún era pequeña por el terror que su madre le tenía a la eternidad. “Le quita la gracia a la vida“ le solía decir. Además, ella se sentía encerrada entre aquellos muros mágicos, presa de su propia existencia. Después de varios episodios de ansiedad fue a visitar al doctor, quien le recomendó abandonar la ciudad. Y así lo hizo, condenando morir a Lina y a su padre. Pero no la culpaban por ello, pues ella había hecho lo que creía mejor para su familia.

Pero ahora Lina había cumplido los 16 años y ya era mayor de edad. Y su sueño no era otro que volver a la ciudad en la que había nacido, ya que pronto empezaría a envejecer y emprendería así su particular camino hacia la muerte. Su madre, intuyendo sus intenciones, le había avisado. “El tiempo puede ser muy traicionero. Quizás sea un compañero incómodo de viaje si lo sientes insuficiente; pero cuando abunda, es capaz de despertar los instintos más oscuros de la condición humana. No creas que puedes jugar con él, pues será él quien acabe jugando contigo”. 

Pero Lina ignoró su consejo y una fría noche de invierno salió silenciosamente de su casa, robó uno de los caballos del vecino y puso rumbo a su anhelado destino.

El viaje se le hizo especialmente largo. Cabalgaba únicamente por las rutas principales, las mismas que usaban los comerciantes para transportar su mercancía, ya que eran las más seguras. Tardó nueve días en llegar al pueblo anterior a la ciudad. A partir de ese punto, los comerciantes se desviaban hacia otros caminos, pues ellos no podían cruzar el muro. Según le explicaron a Lina, la ciudad era autosuficiente. Tenía importantes extensiones de campo donde se conreaban todo tipo de vegetales y árboles. Disponía también de grandes pastos donde comía el ganado. Un caudaloso río la cruzaba serpenteante, proporcionándole a su paso energía para los molinos. Incluso se comentaba que había varias minas de donde extraían todo tipo de metales y minerales. “Aunque pudiéramos cruzar el muro, sería inútil intentar comerciar allí” le comentaron.

Aquella noche Lina no pudo dormir. Estaba nerviosa por saber cómo sería aquella ciudad mágica, su gente y sus costumbres, y también por volver a ver a su tía María (le había enviado una carta anunciando su llegada inminente). Viviría con ella un tiempo hasta encontrar un trabajo, gracias al cual obtendría acceso a una vivienda. En aquella ciudad, el ayuntamiento proporcionaba alojamiento a todo aquel habitante que trabajara en ella.


Aún no había amanecido cuando Lina desistió de intentar dormir. Se levantó, comió algo que encontró en la cocina del hostal y salió del edificio en busca de su caballo. Este le aguardaba ya despierto y preparado para cabalgar, contagiado por el entusiasmo que Lina desprendía. 

El gélido viento invernal azotaba su cara mientras recorría el último tramo del camino. Este descendía por la ladera de la montaña sinuoso, y se hacía más estrecho a medida que avanzaba. Los árboles frondosos le impedían ver su destino, que no debía de encontrarse muy lejos de su posición. Y así era, puesto que a los pocos minutos el bosque dio paso a una llanura que avanzaba hasta dentro de la propia ciudad.

“Es preciosa” pensó Lina. Des de allí arriba, podía verla entera. A través del muro (que tan solo podía vislumbrarse por las ondulaciones que el viento provocaba en este, como si de una capa de agua se tratara), Lina podía ver el río que, caprichoso, la cruzaba por el medio. Un conjunto de puentes unía las dos partes; cada uno diferente del anterior. Unos eran de piedra, antiguos pero esbeltos; otros, en cambio, eran de metal, la última moda en la construcción de viaductos ya que permitía que estos fueran más altos, ligeros y resistentes. También había pequeños puentes de madera en los canales que discurrían paralelos al río, creando algunos islotes aparentemente inhabitados. Lina también observó que, mientras que una parte de la ciudad era completamente llana, la otra mitad estaba llena de colinas y valles con pequeños arroyos que morían en el río. Pero lo que más le llamó la atención fue la gran cantidad de torres que había, todas hechas de piedra con los tejados negros, pero cada una con una forma diferente.

Así pues, Lina se dirigió hacia la ciudad, no sin cierto nerviosismo. Pudo cruzar el muro sin problemas, aunque notó que algo dentro suyo cambiaba. Su propio reloj se había detenido, su tiempo había dejado de fluir.

Se dirigió por las anchas calles de la periferia hacia la vivienda de su tía. Las casas estaban pintadas de colores diferentes, confiriéndoles un ambiente alegre, alejado de la monotonía de los pueblos a los que Lina estaba acostumbrada. Aquella ciudad le fascinaba más con cada paso que daba. Era como estar en uno de esos cuentos que su padre le leía cuando ella era pequeña, en aquellas ciudades mágicas en las que vivían bellísimas princesas que siempre acababan casándose con el más valiente de los caballeros.

Logró llegar a casa de su tía María poco después, guiada por una amable panadera que vendía deliciosos pasteles (lo había comprobado personalmente) a pie de calle. Al llegar, su tía le abrió la puerta; pero lejos de parecer alegre, Lina pudo ver una expresión de angustia en su cara. “¿Qué haces aquí?” le preguntó María. “Te mandé una carta diciendo que venía, ¿acaso no te llegó?” le respondió Lina. “Sí que me llegó, y de hecho te respondí diciéndote que no podías venir. ¿No sabes nada acerca de los muros que rodean esta ciudad? En la carta escribiste que habías nacido aquí y por eso creías tener derecho a venir, pero no es así. Abandonaste la ciudad, y con ello perdiste el derecho a vivir aquí. Estás marcada, Lina, tienes que darte prisa. ¿Que qué significa eso? Quiere decir que tienes hasta medianoche para que nuestra alcaldesa te libere de la maldición que se te ha impuesto. Tu reloj no se ha detenido, Lina, sino que ha iniciado una cuenta atrás que solo Airina puede detener. Sí, se llama así. Ella es la única fundadora que aún vive aquí. Encuéntrala y convéncela antes de que sea demasiado tarde. Vive en la torre del ayuntamiento, la más alta de todas, pero a veces vuela a otros lugares de la ciudad. Sí, has oído bien, puede volar. Es un ángel, Lina”.

Salió de casa de su tía y se encontró frente a una iglesia. No había reparado en su presencia cuando llegó, pero destacaba por su grandeza y por ser totalmente blanca. Una gran torre se alzaba a una lateral, y en lo alto… Un reloj. “Qué irónico” pensó Lina. Lo contempló con detenimiento y se percató de que ya eran las seis de la tarde. ¡Qué corto se le había hecho el día! Pese a que tenía tiempo suficiente para llegar al centro, pronto oscurecería. Por eso echó a correr.

El casco histórico se encontraba al otro lado de la ciudad. Lina no estaba acostumbrada a correr tanto; lo suyo era más bien el estudio, pues aspiraba a convertirse en doctora. Llegó a uno de los puentes de piedra que cruzaban el río, desde donde pudo ver cómo los últimos rayos de Sol se despedían de aquel día, reflejándose en el agua. Aquello le recordó que no le quedaba demasiado tiempo, y siguió avanzando hasta llegar a la otra orilla.

Cruzó una de las innumerables torres para acceder al centro de la ciudad. Las calles se estrechaban a medida que avanzaba y el desorden se hacía cada vez más evidente, convirtiendo su camino en un laberinto. La oscuridad se iba apoderando de los callejones y la gente desaparecía en sus casas, dejando sola a Lina. Las nubes tapaban una Luna demasiado tímida para dejarse ver.

Estaba perdida en la penumbra, en una ciudad que no conocía y con el reloj corriendo en su contra. Su madre tenía razón, el tiempo estaba jugando con ella. Pero no iba a dejarle ganar la partida tan fácilmente.

Desesperada, siguió corriendo por las calles adoquinadas, apoyándose en las paredes para no caerse. Miraba constantemente hacia arriba, buscando aquella torre que debía ser más alta que el resto, pero los edificios le tapaban la visión. Aquella ciudad que tanto le había fascinado se había convertido en su mayor pesadilla.

Caían los primeros copos cuando por fin llegó a una gran plaza. Al otro lado de esta se alzaba una elevada torre de cuyas ventanas surgía una tenue luz. Se dirigió desesperada hacia allí, rezando para que la alcaldesa estuviera en sus aposentos. Al llegar, pudo vislumbrar en la oscuridad lo que parecía un gran reloj. Pero no era uno normal, sino que se trataba de algo mucho más complejo.

“Fascinante, ¿verdad?” dijo una voz a su lado. Lina se sobresaltó. “No te asustes, no voy a hacerte daño. Me llamo Airina y soy la alcaldesa de esta ciudad. Sígueme, por favor”.

Lina la acompañó mientras subían las escaleras, que no parecían tener fin. Le costaba respirar debido al agotamiento, y apenas conseguía igualar el ritmo de la alcaldesa ascendiendo los peldaños. La extrema oscuridad no ayudaba a Lina, que tropezó en repetidas ocasiones con algunos escalones. Por fin llegaron a lo alto de la torre.

La estancia de Airina era sencilla. Estaba bien iluminada por un conjunto de velas de diferentes colores. A un lado de la habitación se hallaba una pequeña cama acompañada por una mesita de noche. Al otro lado, junto a los ventanales, había una gran mesa con varias sillas, bien iluminada por un conjunto de candelabros. Junto a la mesa se encontraba una pesada puerta de metal que conducía a un balcón exterior orientado hacia a la plaza.

Airina le indicó que se sentara en su cama. “No deberías estar aquí. Abandonaste la ciudad, y con ello perdiste el derecho a vivir en ella. Ya me has expresado tu desconocimiento acerca esta norma, pero no por ello deja de estar vigente. Por otra parte, es cierto que no tuviste nada que ver en la decisión de marchar, pues eras muy pequeña. Además, eres joven y podrías aportar mucho a una ciudad demasiado marcada por el paso del tiempo. Por eso he decidido que voy a liberarte de la maldición. Acércate.

Lina se aproximó al ángel, no sin cierto nerviosismo, y este le indicó que cerrara los ojos. Entonces notó cómo unos labios cálidos y carnosos se posaban sobre su mejilla, y lentamente se desplazaban hacia su boca. Una lengua se deslizó ágil dentro suyo, buscando desesperadamente una compañera de baile. Lina se tumbó en la cama y dejó que fuera Airina quien marcara el paso de aquel vals infinito, en el que el tiempo se detuvo para siempre cuando sonaron las doce campanadas de aquel extraño reloj.

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