Una mujer vestida de blanco

10… 11 y… ¡12! ¡Feliz año nuevo! La alegría se desató por la habitación. Yo aún no había conseguido tragar ni la primera uva, por lo que me fue imposible articular sonido alguno. La gente se abrazaba y se felicitaba mientras yo sufría masticando aquella masa en la que se habían convertido mis doce uvas. Todo fuera por empezar el año con buen pie. Unos calzoncillos rojos (los mismos que llevaba todos los años) y unos florines húngaros de mi reciente viaje a Budapest completaban el pack de objetos de la suerte que cualquier persona supersticiosa necesita en esa noche.

Tras unos duros minutos de lucha feroz desistí y escupí aquel puré verde a la basura. Aquel no iba a ser, pues, un buen año para mí.

Salí de la cocina del apartamento de mi amiga (la única mujer del grupo) y decidí unirme a la euforia que reinaba en aquella noche que prometía ser inolvidable. Mis amigos habían sacado la ginebra y el “barman” del grupo nos preparó a todos unos gin tonics que, según alardeaba, eran famosos en el pub en el que trabajaba.

Iba a prepararme mi tercer cubata cuando mi amiga empezó a desalojar su casa. “¡Vamos a la discoteca a continuar con la fiesta!” Por desgracia para nosotros, su apartamento estaba situado en un pequeño pueblo en la montaña en el que los únicos locales que había eran una panadería, un comercio y, cómo no, un bar; por lo que debíamos coger los coches para desplazarnos al pueblo vecino. 

Salía por la puerta del apartamento cuando me crucé con una mujer. Me llamó la atención no solo su extrema belleza, sino también el hecho de que tan solo llevaba puesto un vestido blanco en aquella noche tan fría. Ni una chaqueta, ni una bufanda, ni nada más. No tuve ocasión de preguntarle el por qué de su vestimenta, pues se alejó a paso ligero.
—Conduces tú, ¿no? — me preguntaron. Puesto que solo yo y otro chico teníamos coche (y no cabíamos todos en uno), le respondí con un inevitable “Sí”.

Llegamos a la discoteca media hora más tarde. Mis amigos entraron directamente; yo me quedé fuera fumando un cigarrillo. No les culpo por no querer esperarme, con ese frío yo también hubiera entrado.

Entonces la volví a ver. Estaba sola en la esquina del local. No miraba el móvil ni parecía estar esperando a nadie. Seguía sin chaqueta y con el mismo vestido escotado, pero no parecía tener frío. Me acerqué para preguntarle si le sucedía algo, pero al ver que me aproximaba, giró la esquina y desapareció en la oscuridad de la noche.

Entré en la discoteca y pedí una copa, quizás tratando de olvidar lo extraño de aquella mujer. No tardé en encontrar a mis amigos, pues se encontraban en lo alto de la tarima dándolo todo. Uno de ellos que no bailaba nada mal; el resto trataba de imitarlo con desastroso resultado. Mi amiga, en cambio, había preferido quedarse abajo y, al verme, vino corriendo a abrazarme. Un par de copas y unos cuantos bailes después, nos besamos. No porque nos gustáramos ni por nada en especial, simplemente nos apetecía y lo hicimos.
Con tanta copa me entraron ganas de ir al baño. Y allí estaba otra vez, en la entrada de los lavabos, con una piel tan blanca que se confundía con su vestido. De nuevo, parecía estar sola. Sus ojos oscuros me miraron un instante y, tímidos, corrieron a refugiarse en el suelo. Intenté otra vez acercarme a ella, y de nuevo se escondió de mí, entrando en el baño de mujeres.

Desde aquel momento no pude quitármela de la cabeza. Parecía seguirme los pasos allá donde fuera, notaba su presencia, pero no la volví a ver en toda la noche. Miento; de hecho, sí que la volvía a ver una vez más.

—Llévame a casa, que estoy cansada— me dijo mi amiga. Ambos sabíamos que aquello era una pequeña mentira pero, puesto que el resto del grupo cabía en el otro coche, ¿por qué no terminar la noche con un final feliz?

Pese a las copas que había bebido, me sentía capaz de conducir. Además, en aquella zona apenas circulaban coches, por lo que no había peligro alguno. Sin embargo, a los pocos minutos de haber arrancado la volví a ver. Aquella mujer se encontraba allí de pie, en medio de la carretera. ¿Cómo demonios había llegado hasta allí? ¿Y por qué parecía seguirme allá donde yo iba? De repente me di cuenta de que mi amiga me estaba gritando “¡gira!”. Y es que el coche se dirigía a toda velocidad hacia aquella chica, que parecía no inmutarse ante el peligro inminente. En ese momento di un volantazo para esquivarla, perdí el control del coche y nos estrellamos contra un árbol.

Los siguientes minutos fueron los peores de mi vida. Por desgracia, no me había desmayado y fui plenamente consciente de todo lo que sucedía. O más bien dicho, de lo que no sucedía. Yo permanecía en el coche, pero era incapaz de moverme ya que tenía las piernas atrapadas. El dolor en una de ellas se me hacía insoportable (la otra directamente no la notaba) y mi único deseo en aquel momento era perder la consciencia para dejar de sufrir.

El frío solo hacía que aumentar el dolor y sentía que se me entumecían no solo las manos sino también los brazos. En aquel preciso instante pensé en cómo sería morir. Quizás pasarían horas hasta que un coche pasara y nos viera, y más tiempo todavía hasta que viniera la ambulancia. Mi amiga no se encontraba en el coche, había salido disparada por el parabrisas puesto que no se había puesto el cinturón. Pensé en ella, pensé en mi familia, en mis amigos, y hasta en mi perro. Pensé también en la mujer de blanco. Hasta que caí en un profundo sueño.

Una alarma me despertó. Abrí los ojos para vislumbrar unas luces azules intermitentes. Una mujer se acercó para decirme algo que no llegué a entender, y minutos más tarde la presión en mi pierna se alivió, liberándose de golpe también el dolor contenido. No pude evitar articular un grito desgarrador. Unos hombres me sacaron del coche y me llevaron a la ambulancia. Fue entonces cuando vi a mi amiga tendida en el suelo; dos mujeres la rodeaban y la tapaban con una manta térmica. Nunca más la volví a ver.

Me desperté en el hospital, llorando, pues no notaba mi pierna derecha. Mi madre me cogía de la mano y sonreía, intentando disimular las lágrimas que brotaban de sus ojos. Giré la cabeza, había un policía custodiando la puerta. Y tras ella, en el pasillo, una mujer de pálida tez con un vestido blanco me miraba con sus ojos negros.

Sonreía.

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