La vida es sueño

Me desperté. Todo estaba oscuro. Me intenté mover, pero estaba atado. La habitación en la que me encontraba se movía y de fondo escuchaba el constante ronroneo de un motor antiguo… No, no estaba en ningún cuarto, sino en el maletero de un coche. La cabeza me dolía terriblemente, y el mareo se hacía casi insoportable. El movimiento del automóvil no ayudaba a apaciguarlo y acabé vomitando. ¿Tanto alcohol había ingerido la noche anterior? Tan solo recuerdo que salí de fiesta pero… ¿Cómo había llegado hasta allí?

El movimiento del coche cesó y escuché una puerta que se abría. “Espero que sean mis amigos borrachos gastándome una broma pesada” pensé. En ese momento alguien abrió el portón del maletero.

Y digo alguien porque no sabía quién era. De hecho, nunca lo llegué a saber. Todavía no había amanecido y la poca luz que reflejaba la luna tan solo me hizo poder distinguir una figura vestida completamente de negro, quien me gritó algo en un idioma desconocido para mí. Yo me encontraba en estado de shock; quería hablar, pero no me salían las palabras. Al ver que no le contestaba, el hombre se dirigió a una segunda persona que acababa de abrir su puerta. Empezaron entonces a charlar entre ellos mientras me sacaban del maletero.

“¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois? ¿Por qué me habéis maniatado y me habéis metido en un maletero?” Las palabras me salieron de golpe. Insistí en que se habían equivocado de persona, que yo no era el hombre al que buscaban. Me miraron con ademán de no comprender lo que decía. O quizás sí que lo entendían, pero de todas formas no me hicieron caso.

Me hicieron caminar por un estrecho sendero que se adentraba en el bosque. El hombre más alto iba por delante portando una linterna, mientras que su compañero nos seguía a unos metros de distancia. Pensé en intentar una huida, pero el pésimo estado en el que me encontraba me hizo cambiar de idea.

Estuvimos andando un buen rato; no podría decir cuánto pues había perdido la noción del tiempo. Fue entonces cuando tropecé y caí de bruces. No tardé en degustar el familiar sabor a hierro de la sangre que emanaba de mi nariz. El hombre que me seguía se limitó a levantarme y me animó a seguir caminando.

Llegamos a un claro por el que se filtraban los primeros rayos de la madrugada. El hombre alto sacó su teléfono y se dispuso a realizar una llamada. Algo iba mal. Lo supe por el tono de su voz y por el hecho de que, al cerrar el móvil, se puso a discutir con su compañero. Aquel era el momento, el instante perfecto para escapar. Con la mente un tanto más lúcida y unas piernas que al fin parecían responderme, me escabullí entre la maleza sin que se dieran cuenta.

A los pocos segundos escuche un grito desgarrador y, seguidamente, un disparo a modo de advertencia. La caza había empezado.

La adrenalina había disipado la niebla de mi cabeza desplazándola al bosque, confiriéndole así un aspecto espectral. La neblina jugaba a mi favor, me escondía de la vista de mis perseguidores. Sin embargo, hacía que el frío penetrara en mi cuerpo y me entumeciera las piernas, dificultándome la movilidad.

De repente escuché el crujir de una rama y paré en seco. Podía oír a alguien acercándose por detrás, pero no me atrevía a girarme por miedo a que me escuchara. Por suerte, pasó de largo, y tan solo continué caminando cuando ya se había alejado lo suficiente para que no pudiera escucharme. O eso creía yo.

El sonido de los pasos cesó. Poco después, un haz de luz se encendía a lo lejos y apuntaba en mi dirección. Ya no había cabida para el sigilo, había llegado la hora de correr.
Hui velozmente ladera abajo con la esperanza de encontrar un río o algo que me condujera de nuevo a la civilización. La niebla había vuelto a hacer acto de presencia en mi cabeza y mis movimientos se hacían cada vez más torpes e imprecisos. Tan solo era cuestión de tiempo que me alcanzara.

Llegué a lo que me parecía el final del bosque y una pequeña llama de esperanza se encendió dentro de mí, pero al llegar me di cuenta de que me hallaba ante un precipicio. La pendiente era demasiado pronunciada como para bajar, y pese que al final del abismo aguardaba un lago, la gran altura pronosticaba una muerte segura. Entre las negras aguas del embalse pude vislumbrar lo que me pareció que eran restos de huesos, no supe distinguir si humanos o de animales. Mi perseguidor se acercaba ahora lentamente sabiéndose ganador, esperando a recibir su trofeo de caza.

Entonces me di cuenta. No estaba despierto, estaba viviendo una pesadilla. Eso explicaba el hecho de que no recordase cómo había llegado hasta aquel maletero. También explicaba mi falta de lucidez y mi dificultad para moverme. Y por todos es sabido que la única forma de salir de un sueño es encontrando la muerte en él.

Me giré para dirigir una última mirada a mi perseguidor y salté.

Comentarios

  1. Muy buen relato Alex, magnífico como escribes y como mantienes un estado de tensión al lector que le induce a no parar de leer. Sigue así.

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