Una tormenta de verano
Habían quedado a las 10 de la mañana, aunque David sabía
de sobras que ella llegaría tarde. Siempre lo hacía. Mar lo justificaba por su
forma de ser y con mil y una excusas que tenía preparadas para la ocasión, pero
lo cierto era que le gustaba hacerse de rogar. Le gustaba que, al llegar, él la
estuviera esperando. Le gustaba ver cómo su cara de aburrimiento y de
impaciencia cambiaba a una leve sonrisa cuando la veía, sonrisa que se
ensanchaba cuando ella le daba un beso en la mejilla.
Pasearon un rato por el centro de aquella ciudad, de
sobras conocida por ambos. Una ciudad que los había visto crecer, y que ellos
habían visto prosperar. Pero el centro era algo distinto. Era un lugar
permanente, inmóvil en el tiempo, un lugar eterno en la cambiante urbe. Un
sitio lleno de gente y conocido por todos que lo hacía sentir único. Por eso le
gustaba tanto a David; le proporcionaba un punto de apoyo en una vida que a
veces se tambaleaba. Aquí venía las noches en que no conseguía conciliar el
sueño, las noches en que las paredes hablaban y le explicaban los gritos y los
golpes en la habitación contigua.
Ella era la única persona con quien compartía ese lugar.
Aquella mañana, como muchas otras antes, fueron a desayunar a una panadería de
la Plaza Mayor. Era uno de los pocos locales que se mantenían tal y como David
los recordaba. La mayoría de ellos habían sido sustituidos por restaurantes de
comida rápida y conocidas tiendas de ropa, a medida que el mar de turistas
anegaba las calles más céntricas. Él sabía que se trataba de un hecho
irreversible; sabía que nunca recuperaría aquella ciudad que tanto le había
fascinado. Tan solo podía disfrutarla a ratos, por la noche, cuando la marea
bajaba y las calles volvían al cauce que una vez tuvieron.
Por todo ello, aquella panadería era especial para David.
De pequeño, su padre solía llevarlo allí para comprarle helados de limón en
verano y batidos calientes de chocolate en invierno. Lo recordaba como un lugar
dulce y delicioso.
Ella se pidió un café con hielo para refrescarse en
aquella calurosa mañana de julio. Él, en cambio, pidió uno de esos lattes con
aroma a vainilla que tanto le gustaban, cubierto por una generosa capa de nata
y adornado con virutas de chocolate. “¿Y a eso lo llamas café? Un café es
amargo por ley” dijo ella, riendo. David le respondió: “El regusto amargo lo
tiene. A veces”.
Hablaron de temas banales: de cómo estaban disfrutando de
las vacaciones, de la fiesta a la que ella había asistido hacía unos días, del
calor sofocante que hacía en la ciudad y de lo poco que echaban de menos
estudiar. La suya era una relación sencilla, pero intensa a la vez. Confiaban
plenamente el uno en el otro y se veían con frecuencia. La gente solía
preguntarles si estaban saliendo, a lo que Mar siempre respondía con un “no”
rotundo. No quería que David pensara en esa posibilidad, pues ella tan solo lo
veía como un amigo. Como a un hermano.
A lo lejos se escuchó un trueno. “Debe de ser una de esas
tormentas de verano” dijo David. “Será mejor que nos vayamos antes de que
empiece a llover”. Salieron de la panadería y enfilaron el paseo marítimo rumbo
a la parada de autobús más cercana. El viento azotaba con fuerza mientras las
primeras gotas se precipitaban sobre el mar. Las olas rugían al morir sobre la
arena, creciendo con la tormenta y avivándose con el vendaval.
David se fijó en el pelo de Mar, que bailaba suavemente al
compás del viento. En la melodía de su risa. En el movimiento de sus senos al
correr juntos de la mano. En cuánto le gustaba, y en cuánto le gustaría que
fueran algo más. Él sabía que eso nunca sucedería, pero aun así no podía dejar
de quererla. Había dejado que Mar fuera su otro punto de apoyo.
Ella lo sabía, pero ignoraba saberlo por el bien de los
dos. Sabía que aquello no conduciría a nada; sabía que tan solo estropearía la
relación. No obstante, le gustaba sentirse querida y le gustaba estar con
David. Por eso corría a su lado; y sin embargo, no podía dejar de pensar que
aquello acabaría algún día. Que la muerte forma parte de la vida. Que, tarde o
temprano, otro chico llegaría a su vida y que David no lo soportaría.
Y allí estaban los dos, refugiados bajo la marquesina,
cuando llegó el autobús de Mar. Un “adiós”, un abrazo, un “te quiero” y una
promesa de que aquello que tenían, aquella amistad, duraría para siempre.
Arrancó el autobús y David se quedó solo. La tormenta
arreciaba, y él notó que perdía algo. Y es que, como dice el refrán, las
promesas se las lleva el viento.
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