La verdadera historia de Sant Jordi


Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo de Cataluña, vivía un noble caballero alto, esbelto, apuesto como ningún otro, feroz en la batalla y, según los rumores, también en los asuntos de alcoba. Hijo de un noble de medio rango, sus heroicas hazañas en numerosos conflictos y su habilidad con la espada lo habían convertido en un guerrero conocido  en toda la región. Su nombre, Jordi.

            De pequeño, su padre siempre le decía que estaba destinado a realizar grandes proezas. Por ello lo hizo entrenarse con los mejores profesores venidos de todos los rincones del mundo, para hacer de él el perfecto caballero. Y lo había conseguido.

            Jordi, por su parte, tenía aspiraciones todavía mayores. La hija del rey, su única descendencia y por tanto heredera de la corona, estaba en edad de merecer. Pese a poseer una belleza difícil de apreciar, no eran pocos los candidatos que se acercaban al castillo real a pedir la mano de la princesa, con escaso resultado hasta el momento.

            Por ello, cuando Jordi recibió una carta de su majestad reclamando sus servicios para un tema complicado, no dudó en acudir inmediatamente y aprovechar la oportunidad que le brindaba el destino.

            Cuando llegó al castillo, le concedieron una audiencia con el rey, quien le explicó por qué lo había citado con tanta urgencia.

—Gracias, caballero, por acudir a mi llamada. ¡Mi hija ha sido secuestrada! —dijo el rey entre sollozos—. Necesito que acuda a su rescate; no se lo pido como rey, sino como padre.
—No se preocupe, majestad. Estos asuntos son mi especialidad. Daré con el secuestrador; salvaré a su hija de ese malhechor.
—Le advierto, valiente caballero, que se trata de un dragón. No escupe fuego, pero es igualmente aterrador. Apareció anoche en el poblado, y también se llevó diez cabezas de ganado.
“Quizás no supo distinguir; con una vaca la pudo confundir”, pensó Jordi.
—Sea humano o sea dragón, daré caza a ese cabrón—fue lo que le dijo al rey.
—Mucha suerte buen amigo, y que Dios le acompañe en su camino.

            Si conseguía salvar a la princesa de las garras de aquel monstruo, el rey le concedería la mano de su hija. Tan solo tenía que… Enfrentarse a un dragón.

De pequeño había oído leyendas sobre aquellos animales, sobre cuán feroces y peligrosos eran; pero todo el mundo sabe que en las historias se tiende a exagerar los hechos. Así pues, se puso la armadura y partió hacia la cueva más cercana, ya que uno de sus maestros le había enseñado que era allí donde se ocultaban dichas criaturas.

Llegó al anochecer. Los últimos rayos de sol derramaban su sangre sobre las montañas. Jordi desenfundó su espada y se acercó lentamente a la entrada de la caverna.

El animal debió de sentir su presencia, pues el suelo empezó a temblar. Jordi se lo pensó mejor y, en lugar de entrar en la cueva, decidió aguardar a que el dragón acudiera a él. No tuvo que esperar demasiado.

Lo primero que apareció entre la oscuridad fueron unos colmillos amarillentos, tan grandes como su brazo. No le hizo falta ver nada más de aquella bestia para salir corriendo. “Míralo, huyendo despavorido. Más le vale, o me lo comeré vivo” pensó el dragón.

Era ya noche cerrada cuando llegó a las afueras del pueblo. Sin embargo, se detuvo antes de entrar. ¿Qué pensaría la gente de él? El gran Jordi, famoso por ser el mejor caballero de la región, huyendo como un gallina y abandonando a la hija del rey a su suerte. No podía sufrir tal humillación, por no hablar de que seguramente pasaría el resto de sus días encerrado en las oscuras mazmorras del castillo.

Así pues, a la mañana siguiente se presentó de nuevo en la cueva del dragón dispuesto, esta vez sí, a liberar a la princesa.

—Dragón, vengo a hacer un trato contigo. Escúchalo antes de haberme comido.
—¿Ayer me viniste a matar y hoy pretendes negociar? No sé qué haces aquí, a menos que quieras morir.
—Vengo en busca de la princesa, de alta cuna y mayor belleza.
—Tendrás que ofrecerme algo bueno; tu Dulcinea alimenta más que un ternero.
—Cuando a la princesa haya rescatado, al rey pediré su mano. Me convertiré así en heredero de la corona, a la espera de que a su majestad le llegue la hora. Cuando por fin haya sido enterrado, de esta región seré soberano. A partir de entonces, cada año, te entregaré el tres por ciento de las cabezas de ganado. Así podrás alimentarte sin tener que cazar, y sin preocuparte de que los humanos te quieran matar; ya que creerán que has fallecido, cuando realmente estarás escondido. Ahora, cuando saque a la princesa de la cueva, te harás el muerto para que ella lo vea, pues así dará fe de mis hazañas; en tu favor diré que falleciste en dura batalla.
­—Así que tú te llevas la gloria y yo la tranquilidad; realmente le irá bien a un viejo dragón, cansado ya de luchar. Me has convencido, pequeño humano, pero acuérdate de cumplir tu parte del trato. Mientras tanto me iré al norte a cazar; las vacas francesas son todo un manjar.
—Gracias, buen amigo, por no haberme comido. Ha sido un placer negociar contigo; y no te preocupes, cumpliré lo prometido.

Dicho esto, Jordi se hizo algunos cortes y untó su sangre por su cuerpo y por el del dragón. A continuación rescató heroicamente a la princesa. Le explicó la ardua batalla que había librado y cómo finalmente había conseguido acabar con el monstruo. Salieron de la cueva y encontraron el cuerpo del horrible animal tumbado en el suelo. Jordi cogió una rosa que había encontrado por la mañana de camino a la cueva y le dijo a la heredera:

­—Cuando el dragón ha caído, de su sangre un rosal ha surgido. Te entrego, pues, esta rosa; para ti, la mujer más hermosa.
—Mil gracias, mi apuesto y noble caballero. Sobre esta hazaña se narrarán historias y cuentos. Serás recordado como el héroe que has sido al salvarme de tan horrible destino.
—No se merecen, bella princesa. Y ahora, volvamos al pueblo antes de que anochezca.

Al día siguiente, el rey convocó a los vecinos en la plaza mayor. Hasta ese momento el tema de conversación estaba siendo un dragón que, al parecer, había arrasado una aldea al sur de Francia, pero este pasó a un segundo plano cuando el rey anunció que la princesa por fin estaba prometida. El afortunado era un noble caballero, que había luchado ferozmente para salvarla a ella y a todo el pueblo. Su nombre, Jordi.

Comentarios