Un cielo nublado

Teurem salió de su trabajo; protegido del viento invernal por su nuevo abrigo. Los últimos rayos de sol teñían de rojo un cielo nublado, confiriéndole un inquietante aspecto infernal. El centro de la ciudad, habitualmente ocupado por una multitud de turistas ansiosos por fotografiar cualquier cosa que se cruzara en su camino, se hallaba inusualmente vacío. El frío debería haber congelado los ánimos de la gente, se decía. Aceleró el paso para llegar cuanto antes a casa y así poder calentarse el cuerpo con una ducha de agua hirviendo, y el alma con una deliciosa cerveza irlandesa de las que tanto le gustaban.

Sin embargo, algo le hizo detenerse. Un misterioso personaje vestido de negro le esperaba en el portal. No podía verle el rostro, pues se encontraba completamente abrigado, pero había algo en él que le resultaba familiar. El hombre, que intentaba sin mucho éxito disimular su presencia, acabó por acercarse y le dijo:

-Teurem, tengo un último trabajo para ti.
-Pensaba que habíamos quedado en que esto se había acabado. Ya le dije al Maestro que me retiraba.
-Él te necesita una última vez. Después de esto te eximirá de cualquier responsabilidad en esta empresa. Tengo aquí una carta firmada por él mismo que así lo expresa. Sin embargo, me temo que tengo que darte una mala noticia. Esta vez el objetivo es tu esposa.
-Yo… No… No puedo hacerlo…
-Esto no es una negociación. No tienes elección. Hay demasiadas pruebas que nos hacen desconfiar de ella, conversaciones que demuestran que ha estado trabajando con la competencia. Sé que te resultará difícil hacerlo, ya que le tienes un gran aprecio, pero la traición a la que nos ha sometido es aún mayor. Buena suerte.

El hombre desapareció entre las sombras mientras Teurem se quedaba inmóvil, intentando asimilar acababa de suceder y lo que aún estaba por venir. Él no quería matarla; la amaba. La amaba con locura desde hacía más de 20 años, y además era la madre de su hija. Pero el mandato era claro y tenía que ser cumplido.


Media hora más tarde Teurem se encontraba en la cocina de su modesto piso. Tenía un cuchillo ensangrentado en las manos y el cuerpo de una mujer a sus pies. Una mujer que le despertaba emociones contrapuestas, pues el amor que sentía por ella no hacía más que agravar el odio que le tenía por la traición que había cometido. De fondo escuchaba el llanto desconsolado de una niña, pero no era demasiado consciente de ello.

Solo era consciente de lo que acababa de hacer. Sin embargo, Teurem no se arrepentía de ello pues, como le había dicho aquel hombre, no tenía elección. Pero era la mujer de su vida, y Teurem sabía que no podría vivir sin ella.

El forense certificó que había utilizado el mismo cuchillo para quitarse la vida.

Las nubes que tapaban la ciudad habían pasado de un rojo sangre al negro profundo en señal de luto. La ciudad lloraba su pérdida y ahora acogía a una pobre niña huérfana, quien por surte era demasiado pequeña para ser del todo consciente de lo que acababa de suceder.

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