La forma de los recuerdos
Ella
era especial. Podías notarlo en el aroma que desprendía a su paso, un aroma
embriagador. Podías notarlo en el rojo de sus labios, que bailaban al son de
sus palabras. Podías notarlo en las olas de su pelo castaño, que se movían a
merced del viento. Podías notarlo en el blanco de su piel, que parecía brillar
con luz propia. Y podías notarlo en el iris de sus ojos de color miel.
Pero en las últimas semanas algo le estaba sucediendo. Podías notarlo en el
aroma que desprendía a su paso, un aroma seco. Podías notarlo en el rojo de sus
labios, que ya no sonreían. Podías notarlo en las olas de su pelo castaño, unas
olas que se difuminaban y acababan por desaparecer. Podías notarlo en el blanco
de su piel, cuya luz se iba apagando con el paso de los días. Podías notarlo en
el iris de sus ojos de color miel, dulces pero amargos a la vez. Podías notarlo
en sus grandes pupilas negras, que te atrapaban en un pozo de negrura infinita.
Sin
embargo, nadie parecía fijarse en ello. La gente admiraba su inteligencia. La
gente contemplaba su belleza. La gente anhelaba su cuerpo. Pero nadie parecía querer
adentrarse en la oscuridad de sus ojos. Se quedaban en la miel del iris,
temiendo acercarse demasiado al precipicio por miedo a caerse. Yo siempre había
sido como ellos. Había sido una persona más, sentada alrededor del fuego,
admirando su luz y su calor, pero evitando acercarme demasiado por miedo a
quemarme.
Todo sucedió una tarde de invierno,
justo al acabar las clases. Yo iba caminando hacia la cafetería cuando, al
doblar la esquina, me la encontré de frente y… No recuerdo nada más. Tan solo
recuerdo caer y caer y no ver nada…
Me levanté horas más tarde… ¿O
quizás días? Allí dentro perdí la noción del tiempo, si es que se puede decir
que el tiempo transcurría. Estaba asustado, angustiado; creía que nunca saldría
de allí. Pero algo dentro de mí decía tener la respuesta para escapar de
aquella oscuridad.
Tenía que devolverle la luz a esos
ojos. Tenía que encontrar algo que la hiciese volver a sonreír. Tenía que
soplar para que ondeara su pelo. Tenía que hacerlo por ella. Tenía que hacerlo
por mí.
Decidí empezar por sus recuerdos.
Los recuerdos son, al fin y al cabo, lo que define quién eres. Así pues, si intentaba
evocar alguno alegre y ocultarle los más tristes quizás conseguía provocarle
una sonrisa. Puede que incluso encontrara alguna memoria que explicara por qué
su luz se estaba apagando.
Mis
ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad y ahora podía vislumbrarlos. Había
recuerdos de todas las formas. Recuerdos con forma de playa y otros con forma
de nieve. Recuerdos con forma de sonrisas; recuerdos con forma de abrazos.
Había recuerdos con forma de besos y de caricias y recuerdos con forma de amor.
Pero
también había otros recuerdos. Recuerdos con forma de nubes; recuerdos con
forma de despedidas, de sollozos; recuerdos con forma de pérdida; y recuerdos
con forma de corazones rotos.
Seguí
caminando y encontré un último recuerdo. Aquel era diferente a todos los demás.
No era exactamente un recuerdo, sino una imagen de algo que aún no había
sucedido. Comprendí entonces que era eso lo que estaba apagando su vida.
Aquella imagen tenía forma de muerte.
Comentarios
Publicar un comentario