El poder de los recuerdos

En el pequeño pueblo de Lijiang, famoso por sus canales y sus innumerables puentes de piedra, vivía un hombre llamado Lian Tsai que, como muchos otros en época de guerra, era llamado a filas. Lian era un campesino cuya única ilusión en la vida era su hija Lina, una preciosa niña de 6 años que destacaba por tener un ojo marrón y otro azul claro. 

Al nacer ella, algunos vecinos del pueblo creyeron que aquella ‘cosa’ solo podía haber sido obra de los espíritus malignos, los mismos que llevaban años arruinando sus cosechas con constantes inundaciones y que tanta hambre les estaban haciendo pasar. Por ello, más de uno había intentado acabar con la vida de la pequeña, pero su padre siempre estaba junto a ella para defenderla.

Lian prometió a su querida Lina que volvería a casa. Sin embargo, días más tarde era capturado por una brigada de marines estadounidenses. Él creía que lo matarían. Nada más lejos de la realidad. Le dieron comida y lo llevaron a un edificio con todas las comodidades con las que él no había podido ni soñar.

Sin embargo, sabía que era cautivo y cada vez tenía más miedo, pues no sabía por qué no lo habían matado aún. La respuesta llegó días más tarde. Lo llevaron a una sala y le hicieron sentarse en una silla.

—Chico, eres afortunado —le dijo un traductor. Aparte de este, también había un científico y un par de soldados con pinta de saber tanto de lo que estaba pasando como él—. Vas a ser uno de los primeros humanos en probar esta nueva tecnología que hemos desarrollado.

En la sala había uno de esos cristales semiopacos, por lo que supuso que habría más gente observándole. Y dirigiéndose a ellos, el científico dijo:

—Señores, durante las siguientes semanas van a poder comprobar el poder de los recuerdos.


Marcus se despertó mareado, como todas las mañanas desde hacía semanas. El irritante grito del sargento Thomas, insultándoles de una forma cada día más ingeniosa, hacía de despertador. El sargento era un hombre bastante mayor, pero no por eso dejaba de infundir un cierto respeto no solo hacia sus soldados, sino también hacia otros sargentos e incluso tenientes y generales. 

Pero aquel era un día diferente. Aquel día por fin los enviaban a luchar por su patria. Un avión les esperaba a las afueras de la ciudad para llevarlos al desierto de Gobi, donde se estaba librando la mayor de las batallas. Las tropas estaban ya a unos pocos centenares de kilómetros de Pekín, pero el frente chino oponía una resistencia terrible debido a su gran número de tropas. Quizás los chinos fueran más, pero ellos eran mejores y estaban mejor preparados.

Como la batalla principal parecía no avanzar y ante la expectativa de que esta se convirtiera en una guerra de trincheras, se le asignó a su escuadrón la misión de intentar avanzar por una ruta secundaria, al sur del gran desierto.

Marcus no recordaba haber caminado tanto en su vida, ni siquiera aquella vez que fue de campamento con los boy scouts y se perdieron por el bosque. Les llevó varios días llegar hasta el primer pueblo de la ruta. Fueron días de interminables caminatas que solo acababan cuando el sargento Thomas lo veía conveniente. Y este parecía no sentir nunca ningún tipo de cansancio. Pero los pocos víveres que habían llevado urgían a encontrar cuanto antes algún lugar donde poder aprovisionarse.

Llegaron al atardecer, poco antes de la puesta de sol. A Marcus le sorprendió la cantidad de canales y puentes que tenía el pueblo; le recordaba un poco a su luna de miel en Venecia. A medida que avanzaban en busca de provisiones, la gente salía corriendo y se escondía en sus casas. Supuso que era una reacción normal al ver un escuadrón del ejército enemigo armado hasta las cejas. Todos excepto una niña pequeña, con un ojo marrón oscuro y otro azul claro, que salió corriendo hacia él.

La niña gritaba algo en chino que él no entendía, pero no le pareció que tuviera miedo alguno.

—¡Quieta ahí o disparo! —gritó Marcus. ¿Y si le habían colocado explosivos a la pequeña? ¿Y si la estaban utilizando para acabar con ellos? No podía arriesgarse—. ¡Quieta, he dicho!

Pero la niña seguía corriendo. Le apuntó con su fusil, esperando que eso le hiciera comprender que no debía acercarse, pero ella no pareció entender el mensaje. Tenía que tomar una decisión ya; su vida y la de sus compañeros dependían de ello. 

No le tembló la mano al disparar a su hija.

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