Mi abuelo Paco
Mi
abuelo se llamaba Paco. Era bajito y gordito, y no tenía pelo. Él siempre me
decía que se lo cortaba, pero mamá me contaba que en realidad se le había caído.
A veces refunfuñaba un poco pero conmigo siempre era muy majo. Le gustaba mucho
escuchar el futbol por la radio (todavía no entiendo por qué no prefería verlo
en la tele, si por la radio no te enteras de lo que pasa) y criticar a los políticos
zurdos, aunque yo no entendía muy
bien lo que decía.
A
mi abuela no llegué a conocerla. Me contaron que murió porque habían atacado a
su corazón. O algo así.
Como
mi yayo no vivía en la ciudad como nosotros, no lo veíamos demasiado, solo
algunos findes que íbamos todos a su casa a descansar. Me llamaba terremoto,
algo que, no sé por qué, me hacía reír. También iba con él cuando me ponía
malita para que me cuidara. Por eso me gustaba ponerme malita (y porque me
saltaba cole).
Su
casa en el campo era muy grande; tenía varios pisos para él solo, no como
nosotros, que compartimos edificio con mucha gente. Además, mi casa tiene unas
ventanas pequeñitas y solo se ve la calle, la de mi abuelo tiene unas muy
grandes desde donde se ven las montañas. Mi yayo a veces me llevaba, pero nunca
llegábamos arriba porque decía que la cima estaba muy lejos y él se cansaba
rápido.
Le
gustaba mucho jugar conmigo. Mi juego favorito era el pilla-pilla, porque nunca
me pillaba. También me gustaba jugar al escondite: en una casa tan grande había
millones de sitios donde meterme. Después se pasaba mucho rato buscándome hasta
que me encontraba. Pero cuando le tocaba a él esconderse le encontraba muy
rápido, porque al ser mucho más grande que yo no cabía en la mayoría de escondites
y se le veía fácil.
Por
las noches me contaba siempre el mismo cuento. Él me preguntaba si no me
cansaba de escucharlo y yo le respondía que no. Me encantaba esa historia; me
imaginaba siendo una princesa rescatada por un príncipe de color azul.
Pero
un día se puso malito. Estuvo en el hospital 5 meses. Al principio me alegré, porque así lo podía ver más veces.
Pero ya no podía jugar conmigo, ni íbamos a su enorme casa los findes, y cuando
me ponía yo malita me llevaban con la vecina del primero. Era una mujer de unos
sesenta años que se dedicaba a limpiar. Con ella me aburría un montón, no hacía
nada conmigo. Quería que mi abuelo se pusiera bien.
Un
día mis padres me dijeron que el yayo Paco se iba a morir y que lo fuera a
despedir. Me enfadé un montón y me pasé llorando toda la tarde. Por la noche
fuimos a verlo. Ya no estaba gordo y parecía más arrugado de lo normal. Tenía
un tubo enganchado al brazo; me dijeron que era para darle de comer (creo que
me mintieron porque no pueden pasar macarrones por un tubo tan fino).
Me
subieron a la cama con él, me repitió por enésima vez lo grande que estaba y me
dio un papelito. Me dijo que lo leyera cuando ya se hubiera ido; que me quería
un montón y que me echaría de menos. Yo también se lo dije; pero entonces no me
imaginaba lo que era echar de menos de verdad. Me estuvo abrazando un buen rato
hasta que me quedé dormida. Esa fue la última vez que lo vi.
Al
llegar a casa leí el papelito
Hola, María. Seré breve
porque, si algo he aprendido en esta vida, es que el tiempo es lo más valioso
que tienes. Solo quería decirte que fuiste lo más importante para mí. Eras tú
la que me alegraba los días en que te veía y la que me daba la fuerza que los
años me iban quitando. Sé que me echas de menos pero algún día, espero que
dentro de mucho tiempo, nos volveremos a ver. Hasta entonces, solo quiero que
seas feliz igual que yo lo fui contigo.
Gracias.
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